El destierro de las estatuas


La crisis española paraliza incluso a las tradicionales estatuas de La Rambla en Barcelona.


 Una moneda al aire decide una­ apuesta, una moneda a la fuente concede deseos, una moneda a la pianola consuela un despecho, una moneda al santuario paga la cuota inicial del paraíso, una moneda al sombrero del artista callejero remunera la cultura a cielo abierto. Pero hoy en la España que lleva „la crisis“ por apellido no hay centavos para tirar al pozo, ni para comprar indulgencias, ni para dar propinas.

Esta es la historia de un hombre que se petrifica a diario como estatua humana en esa arteria de Barcelona llamada La Rambla sin mayor expectativa de retribución que una simple moneda. Su actuación es tan fidedigna que los transeúntes se ven obligados a tocarlo para comprobar que es una persona y no un bloque de metal; sin embargo, la recesión está a punto de dejarlo literalmente „parado“.

El arte de paralizarse
El termómetro marca 35 grados centígrados para la alegría de los veraneantes y el sofoco de los artistas. A esta estatua el sol le quema la cabeza, la sal del Mediterráneo le reseca los ojos, el viento de la Tramontana le golpea la cara, el bochorno le derrite el traje; y aun así, ni suda, ni parpadea, ni se rasca.  Puede aguantar más de una hora sin mover su pose o sus ojos.

Sólo se le ha visto „cobrar vida“ para perseguir a unos rateros que tras agarrar su tarro de monedas salieron corriendo por las calles del barrio gótico. El botín volvió a su dueño con la ayuda del público, y desde entonces la estatua asegura con un lazo atado al cuerpo su cofre del tesoro.

Quien haya descubierto por La Rambla a un marinero estático fumando pipa en la proa de su barco, a una tenebrosa gárgola de alas abiertas o al dios Ganesh levitando contra todas las leyes de la física se encontrado de frente con el aclamado presidente de la Asociación de Estatuas de Barcelona, el argentino Fabián López.


Durante su actuación, Fabián utiliza métodos ancestrales de meditación que aprendió con la comunidad Hare Krishna en la India y aplica técnicas de yoga como el Trataka que le entrenan para fijar la mirada. Sólo así puede mantenerse quieto e imperturbable ante los turistas que lo provocan con morisquetas, gritos y hasta empujones.

En la pasarela de La Rambla actúa también una sonriente dama antigua envuelta en un aparatoso vestido con miriñaque y aferrada con candidez a su sombrilla de raso y encaje. Está embadurnada con pintura dorada hasta en la caracola de la oreja. Se llama Ann-Marie y es la esposa de Fabián.

Esta pareja de argentinos migró a España con sus dos hijas en el año 2004. En Buenos Aires gozaban de empleo fijo, vivienda con piscina y carro particular, pero tuvieron la desgracia de perder familiares en atracos a mano armada y de ver cómo la delincuencia dejaba a un vecino en el hospital, a un compañero en silla de ruedas o a un pariente en el diván del psiquiatra. No querían vivir con miedo y se fueron.

Un amigo catalán que trabajaba como estatua le enseñó a Fabián los secretos del oficio y lo impulsó a ganarse un espacio en el paseo peatonal más concurrido de Barcelona donde además compartiría escenario con saltimbanquis, marionetistas, magos, danzarines y pintores que hacían de La Rambla un referente internacional de las artes de calle.

Era una época dorada. Llegaban fotógrafos del mundo entero para hacer libros sobre las estatuas; periódicos de todos los idiomas acrecentaban la fama de su talento para engañar el ojo humano, y los paseantes lanzaban con derroche la moneda al tarro entre aplausos y fotos.


Bien fuera como caballero, vikingo, ogro o cualquiera de sus catorce personajes, Fabián lograba recoger hasta 100 euros por día en ese ambiente veraniego y fiestero de ciudad costera haciendo una labor que paradójicamente le permitía aislarse de la gente y soltar su mente a navegar en el mar de las ideas. La bonanza, no obstante, duró lo mismo que un parpadeo.

Estatuas al paro
Al inicio de la depresión económica en el año 2007 muchos migrantes recién despedidos de sus trabajos se arremolinaron en La Rambla para conseguir con qué seguir pagando sus hipotecas. Buscaron en las tiendas chinas disfraces baratos de súper héroe, monstruo o vampiro y se pararon al lado de colosos profesionales que habían invertido hasta un año en confeccionar su atuendo y que se esforzaban por representar un personaje en movimiento congelado con equilibrio y concentración.

Los principiantes se embetunaban la cara a toda prisa para obtener lucro cuanto antes, mientras las estatuas tradicionales le dedicaban por lo menos media hora al maquillaje y caracterización minuciosa del rostro. A falta de entrenamiento para quedar paralizados sin pestañear, los nuevos se empeñaron en hacer monerías con el fin de llamar la atención. El más exitoso de todos ellos era un hombre lobo con máscara de plástico que asustaba a los transeúntes.

Para rematar la situación, los carteristas se aprovecharon de la aglomeración de gente alrededor de las estatuas para desvalijar a los espectadores. El hurto de billeteras, cámaras y joyas aumentaba conforme se agudizaba el desempleo en el país.


En el año 2011 La Rambla estaba tan sobrepoblada que a muchos catalanes les empezaron a estorbar las estatuas. Ya no las veían como artistas sino como mendigos disfrazados, okupas del espacio público, vagabundos que obstaculizaban el paso de los peatones.  El gobierno local decidió entonces hacer un casting para elegir los 30 mejores personajes y darles sólo a ellos el permiso de actuar.

Fabián, su esposa y otros artistas, entre ellos también algunos colombianos, ganaron sin problema el concurso de méritos y obtuvieron su licencia a cambio de pagar un impuesto anual. Pero justamente ahora cuando la prosperidad parecía estar de regreso, las autoridades decretaron el traslado de las estatuas desde el corazón de La Rambla hacia el tramo más degradado y lejano del bulevar llamado rambla Santa Mónica, al lado del mar, de frente al ventarrón, sin sombra porque casi no hay árboles y con muy pocos turistas.

„Es el fin de las estatuas; delicadamente nos están pidiendo que nos vayamos“, dice Fabián mientras se quita esas pesadas alas de gárgola que dejarían a cualquiera con dolor de espalda. Después de toda una jornada bajo los rayos del estío, en su tarro no se ven billetes; sólo centavos que sumados no llegan a 20 euros. Muchos colegas se han ido ya a buscar mejores esquinas en Europa. Fabián prefiere actuar por las noches en una discoteca para completar sus ingresos porque tiene una familia que mantener y un oficio al que no quiere renunciar.

Ser estatua es un arte que no tiene precio, no se subasta, no se mete al museo, pero satisface la mirada y estimula la imaginación. Un arte que se compensa apenas con el estrépito que provoca la moneda al golpear el tarro de la colecta. Lo insólito es que en la vorágine de la crisis hasta “el suelto” se amarra y las monedas se atesoran como si fueran doblones de oro del rancio reino español.


Publicado el domingo 28 de julio de 2013 en el suplemento Generación de El Colombiano

Libertad por la Lectura


Brasil aprobó este año el decreto „Redención por la Lectura“ que ofrece rebaja de penas a los presos que lean libros. Esta iniciativa es ya es un modelo internacional.



Entre tantos turistas de bermudas que abordan el vuelo de Sao Paulo a las cataratas de Iguazú contrasta un joven de saco y corbata que lleva bajo el brazo un mamotreto de derecho penal. La elegancia de su traje y el brillo de sus zapatos le hacen parecer un jurista para ricos, pero este es un abogado cargado de indignación que ha dedicado toda una década a la defensa de los reclusos de las cárceles de Brasil. Se llama André Pires de Andrade Kehdi.

En ese país hay medio millón de presos. El Observatorio de Educación de Brasil advierte que el 70 por ciento de ellos no terminó ni la primaria y el 8 por ciento es completamente analfabeta. Son gente que creció sin libros, pero con armas: con la calle por aula, la pandilla por comunidad y el patrón por maestro. Son jóvenes que llegaron directo de la favela a la reja.

La sociedad los desprecia a tal punto que la mitad de los brasileños aprobaría la pena capital, según un estudio del Núcleo de Estudios de la Violencia de la Universidad de Sao Paulo. Es decir, medio país apuesta por la rehabilitación de los presidiarios y otro medio país no les desea sino la muerte.

Esta controversia irrita al abogado André Kehdi: „Brasil es un país de muchas desigualdades y eso se refleja en una justicia criminal que castiga a los pobres y que no les asegura los derechos constitucionales. Es una justicia que perpetúa injusticias. En muchas prisiones brasileñas hay hacinamiento, maltrato y violaciones de los derechos humanos“.


Sin embargo, algo importante acaba de ocurrir en el sistema penitenciario. El gobierno de Brasil aprobó el promisorio decreto 276 de 2012 llamado también „Redención por la Lectura“ que les ofrece a los presos de las penitenciarías federales una reducción de cuatro días de pena por cada libro leído.

Este decreto se inspiró en el programa de lectura de la prisión federal de Catanduvas, instalada entre la nada en un rincón remoto de Paraná, a tres horas en carro de las famosas cataratas. Hacia allá se dirige el abogado André con el objetivo de conocer el modelo de primera mano.

En esta cárcel de máxima seguridad están recluidos los delincuentes considerados de más alta peligrosidad para el Estado y otros que por colaborar con las autoridades están amenazados de muerte. Allí no ha habido fugas ni revueltas porque el esquema de custodia es digno del estatus de sus reos.

El camino de llegada al penal es un largo zig zag con barricadas. Una vez adentro hay que pasar la prueba de color de las cámaras de vigilancia -porque quien esté vestido de negro, blanco, azul o verde no puede seguir- y atravesar por lo menos tres puestos de control con escáner de rayos X. A cada visitante se le asigna una escolta de dos guardianes armados como para ir a la guerra.


El abogado André ya ha superado estos protocolos de seguridad y camina ahora por un pasillo infinito, reforzado por una sucesión interminable de puertas de barrotes, hasta llegar a una cueva de hormigón sin luz del día donde se encuentran los calabozos, completamente aislados unos de otros por muros de concreto y puertas blindadas.


El guardián se acerca a una puerta y abre la estrecha ventanilla que sirve para entregarle al recluso comida y libros. Al fondo se ve al reo Carlos Alberto Lobo, sentado sobre su cama, leyendo la novela El niño con el pijama de rayas. Esta novela del irlandés John Boyne narra la historia de un niño cuyo padre es un oficial nazi encargado de dirigir un campo de concentración.

El abogado le pregunta a Lobo si encuentra alguna similitud entre el libro y su vida, y el preso hace un paralelo entre el nazi y su propio pasado criminal: „Al igual que él, yo tomé decisiones por la ganancia, por la codicia o para satisfacer mi propio ego sin pensar en los pro y en los contra, y más aún sin escuchar la opinión de aquellos que tenía cerca. El oficial nazi decidió hacer daño, las consecuencias las sufrió su familia.  La decisión fue mía: yo vagué, robé, trafiqué. Las consecuencias las sufre mi familia“.


El abogado le pregunta con qué personaje de la literatura se identifica, y él menciona sin titubeos a Rodion Raskolnikov, el protagonista de la novela de Dostoievski Crimen y Castigo. Al igual que él, Carlos Lobo se entregó a las autoridades tras haber cometido su crimen: „Su conciencia fue su propia prisión, al punto de hacerlo confesar. Y yo ya viví eso.  Infelizmente o felizmente la conciencia fue mi prisión“.

Lobo hace una pausa y luego dice que su proyecto futuro es escribir un libro sobre su propia historia: „Después de estar 15 años encerrado sé que la vida allá afuera es una utopía, una ilusión. Donde se vive la realidad de la vida es aquí adentro en la cárcel.  Si alguien que quisiera ingresar a la vida que yo ingresé leyera mi libro estoy seguro de que cambiaría su pensamiento“.

El preso Carlos Lobo es un hombre tan reflexivo que al abogado le entran ganas de saber cómo una persona con tal inteligencia se enredó en la delincuencia. Al leer su expediente descubre que Lobo vivía de pintar casas para alimentar a sus cinco hijos hasta que se involucró con la banda de narcotráfico de su favela en Río de Janeiro. Terminó condenado por homicidio y secuestro. Ya ha purgado 15 años de pena, pero aún le esperan otros 15 años en reclusión.

Se cierra la ventanilla de la celda. André Kehdi se dirige a la biblioteca donde lo espera Jocemara Rodrigues da Silva, una pedagoga joven y entusiasta que ha sido la madrina del proyecto de lectura. Gracias a su empeño, la cárcel consiguió cuatro mil libros mediante donación. Ella misma los clasificó y se los recomienda a los reclusos según los temas que a ellos les interesan. Anteriormente los reos consumían mucha literatura sobre espiritismo y reencarnación o se refugiaban sólo en la Biblia para ver pasar las horas, pero ahora han ampliado sus intereses a la literatura, el derecho o la ciencia.


No todos los libros sirven para la reducción de penas. El Ministerio de Justicia sólo ha aprobado 22 obras entre clásicos brasileros, textos de autoayuda y novelas contemporáneas para acogerse a este beneficio. (Ver recuadro al final)

Cada preso tiene un mes de plazo para leer un libro y redactar una reseña analítica del contenido en letra legible, con exposición clara de las ideas y un buen uso de los párrafos. El jefe de rehabilitación del penal, en este caso Jocemara, lee todos los textos, les hace observaciones de mejoramiento y los envía finalmente al juez para que él apruebe la reducción de pena. Si un preso logra leer 12 libros en el año puede obtener 48 días de libertad.

El abogado André ha tomado nota del modelo de lectura y se nota entusiasmado. Hay que decir que él es un crítico acérrimo del sistema penitenciario y no hace concesiones para denunciar los atropellos en las prisiones, pero esta vez reconoce una buena práctica que debería ser replicada.  El único aspecto negativo que encuentra es que el decreto favorece sólo a las cuatro penitenciarías federales de máxima seguridad y no cobija aún a las más de 500 cárceles ordinarias que operan en Brasil.

Antes de terminar su investigación pide hablar con otros prisioneros. Entre ellos conversa con Luciano de Freitas, juzgado por asalto armado.


El preso se ve emocionado con la oportunidad de hablar. Es lógico que quiera expresarse porque en su rutina la conversación es casi un lujo.  De las 24 horas que tiene un día permanece 20 horas aislado en su calabozo, dos horas en actividades de rehabilitación y dos más en el patio tomando el sol. Su medio de contacto con el mundo exterior son las cartas, los libros y una video llamada semanal con su familia.

„En la noche leo a Paulo Coelho –dice de Freitas-; durante el día, como el tiempo se demora más en pasar, procuro trabajar mi lado espiritual con el Evangelio. Al atardecer leo revistas como Muy Interesante para conocer mejor a la sociedad actual o me dedico a leer el libro que debo analizar para el programa de Redención por la Lectura“.

Luciano de Freitas lleva una década en reclusión y aún le faltan 20 años para cumplir la sentencia. Su gran sueño es terminar la educación básica y hacer la carrera de Turismo. Resulta paradójico que un hombre tras las rejas sin mayor posibilidad de sentir la libertad en menos de dos décadas anhele ser guía de viajes.

„Realmente la lectura abre nuevos horizontes. Sin embargo, puedo decir que lo que me está haciendo cambiar en profundidad es el sufrimiento de llevar aquí ya diez años. Yo creo que un preso no se resocializa por estar encerrado más de 20 horas en su celda.  Lo que rehabilita son los proyectos que le ayudan a utilizar su tiempo como el estudio, el trabajo, la pintura y la lectura“.

Lo mismo opina el abogado André Kehdi. Por eso, al salir de la prisión de Catanduvas llama de inmediato a sus colegas de la asociación civil Instituto de Defensa del Derecho a la Defensa con el fin de convocar a una campaña masiva de donación de libros para las prisiones de Sao Paulo. Su proyecto será impulsar la lectura en muchos otros centros penitenciarios donde no hay biblioteca o donde sólo se les ofrece a los reclusos novelas de ciencia ficción, folletines románticos o libros esotéricos. ¿Pero está el abogado realmente convencido del poder de la lectura para “redimir” a un presidiario?.

“Por lo que vi los presos se motivan a leer por la reducción de la pena, pero rápidamente esta rutina se convierte en un placer y en una forma de conocimiento. Creo que no dejarán el hábito de la lectura cuando salgan de la cárcel porque ya percibieron cómo los libros enriquecen su visión del mundo. Ellos son seres humanos. Mañana volverán afuera. Si se les trata con odio o como bichos, ellos salen como bichos.  Si uno busca transformar la persona que está aquí en alguien mejor, ella saldrá mejor“.



RECUADRO
Algunos títulos que reducen penas:
Breve historia del siglo XX - Geoffrey Blainey
La ladrona de libros - Markus Zusak
El guardián en el centeno - J. D. Salinger
Cometas en el cielo - Khaled Hosseini
Inteligencia Práctica - Karl Albrecht
Quién se ha llevado mi queso - Spencer Johnson
El arte de la felicidad - Dalai Lama
Don Casmurro -  J.M. Machado de Assis
Sagarana - João Guimarães Rosa
Incidente en Antares - Erico Verissimo

Publicado el domingo 16 de diciembre de 2012 en el suplemento Generación de El Colombiano

Un encuentro con Sándor Marai

De Eslovaquia a Hungría, de Kosice a Budapest, un recorrido por el universo literario de mi admirado Sándor Márai

Busto de Márai en Budapest
 Voy en un tren que corre el velo de la historia en su marcha por Eslovaquia. Desde la ventana se ven pasar los fósiles del régimen soviético: torres de vigilancia abandonadas, fábricas en ruinas con letreros en ruso y los típicos „Paneláky“: unos gigantescos edificios cuadriculados con ventanas liliputienses donde miles de familias viven empacadas bajo el concepto de vivienda popular. Me asusta pensar que la ciudad a la que voy haya sido invadida por estas moles de hormigón.

Mi destino es Kosice, una urbe levantada al pie de los montes Cárpatos en la frontera con Ucrania. Allí nació mi admirado escritor Sándor Márai, un hombre que por venir al mundo en pleno año 1900 se aseguró las maldiciones del siglo XX: fue perseguido por los Nazis, fue proscrito por los soviéticos y murió en el exilio meses antes de que cayera el Muro de Berlín, sin ver cómo su amada Hungría recuperaba la soberanía.

Hay autores que nos arrastran con ellos y nos obligan a perseguirlos. La obra de Sándor Márai escudriña la condición humana de una forma tan profunda que después de leer sus diarios y novelas no queda otra alternativa que correr a buscar la historia del hombre detrás del teclado. Fue así como terminé montada en este tren con rumbo a las dos ciudades que inspiran su literatura.

Mi viaje terminará en Budapest, donde el más eminente conocedor de Sándor Márai en el mundo ha prometido mostrarme un gran tesoro que él conserva bajo estricta vigilancia y que sólo les revela a los más intensos seguidores de Márai. Por la ilusión de ver ese tesoro bien vale la pena sumergirse en las entrañas de la Europa del Este.

Kosice y la nostalgia

Kosice a comienzos del siglo XX
Kosice a comienzos del siglo XXI
A medida que el tren entra en la estación una cuadrilla de mujeres corre por la plataforma con pañuelos blancos en las manos para saludar a las personas que llegan. Entre ellas está mi anfitriona, Anna Hein, una joven que apenas empezaba la primaria cuando cayó la cortina de hierro y sólo recuerda de esa época que todas las familias tenían muebles iguales.

Mientras la escucho hablar en inglés pienso que la segunda lengua delata cuál potencia mundial se impone en un país. Los abuelos de Kosice aprendieron a hablar alemán por ser el idioma del imperio austrohúngaro, los hijos estudiaron ruso según el mandato de Stalin y ahora en tiempos del capitalismo los nietos hacen cursos de inglés.

A comienzos del siglo XX Kosice le pertenecía al reino de Hungría, desde los años veinte quedó fundida en Checoslovaquia y así permaneció durante la ocupación rusa hasta que en la década del 90 quedó adscrita a la naciente república de Eslovaquia.

Anna me conduce por el centro histórico perfectamente restaurado para llegar a la casa natal de Sándor Márai. Él era el hijo mayor de una familia burguesa comandada por el influyente abogado Géza Grosschmid, un hombre respetado por todos, pero amado por pocos según relata el escritor.
Sándor y sus hermanos Géza, Gabor y Kató
Era tal la autoridad del padre que cuando Sándor y su hermano Géza decidieron seguir profesiones artísticas él se opuso a que usaran el nombre de la familia para hacer el ridículo. Sándor dejó el apellido Grosschmid y adoptó el Márai desde los 18 años mientras su hermano empezó una exitosa carrera como cineasta con el nombre de Géza von Radványi.
Anna me lleva ahora a una plazoleta coronada por dos sillas. En una de ellas está sentado Sándor Márai con las piernas cruzadas y el gesto circunspecto, como si estuviera haciendo una pausa en ese hablar sosegado y reflexivo que recuerdan sus contertulios. En la otra silla se sientan los visitantes para conversar con el escritor y darle sentido a esta escultura llamada Diálogo.
Me acerco a unos jóvenes que pasan comiendo helado y les pregunto por el personaje de la escultura. No saben quién es. Les pido entonces que me digan el nombre de su paisano más célebre y mencionan sin tibubeos a George Voytka, el bisabuelo paterno de Angelina Jolie.  De verdad les enorgullece que la diva tenga ancestros de Kosice.
„Es lógico que no conozcan a Márai -me dice Anna- porque apenas hace siete años se tradujo por primera vez una obra suya del húngaro al eslovaco. Tan sólo ahora estamos descubriendo de qué gran escritor nos había privado el sistema“.
Mi anfitriona Anna Hein en la escultura "Diálogo"
En una de las casas que habitaron los Grosschmid funciona un pequeño museo en honor a Sándor Márai. Su directora, Flóra Ondová, confiesa que antes de tomar este trabajo pensaba que Márai era un autor para círculos estrechos, pero luego de recibir a tantos extranjeros comprobó que las traducciones de su obra a más de 50 idiomas han ido dejando una estela de seguidores apasionados.
 Uno de esos visitantes fue el mismísimo Otto de Habsburgo, quien habría sido rey de haberse mantenido la monarquía austrohúngara. El noble se sentía tan identificado con la obra de Sándor Márai que visitó Kosice para sentir la atmósfera de sus novelas. Flora abre el libro de visitas y me muestra su firma monumental de letras grandes como un dedo meñique y caligrafía propia de un monarca.

Flora Ondová dirige la sala de la Memoria de Sándor Márai

 Mi recorrido termina en la hermosa plaza principal. Es irónico que en su corazón haya clavada una valla de Coca Cola, como ocurre en casi todas las ciudades exsocialistas. Justamente bajo un letrero de esta marca opera el restaurante Carpano, ubicado en el mismo local donde hace cien años Márai conoció a Ilona Matzer „Lola“, la mujer de su vida, la esposa que lo acompañó durante 63 años.

El casco antiguo de Kosice encarna la nostalgia de un mundo burgués que ya no existe mientras su periferia plagada de „Paneláky“ representa la manera soviética de entender la igualdad. Este contraste histórico resulta tan interesante que la ciudad ha sido elegida „Capital Europea de la Cultura 2013“ y será el epicentro de un homenaje internacional a Sándor Márai. Aquí espero volver.

De Budapest al exilio

Budapest a lado y lado del Danubio

Separadas por el río Danubio están Buda y Pest, dos ciudades unidas en matrimonio por conveniencias históricas. Buda, de tradición aristócrata, es como un burgués venido a menos que aún en la carestía conserva la costumbre de trinchar con cubiertos de plata. Pest, de arraigo popular, es como una mujer con el rostro agrietado y la sonrisa interrumpida, pero con la apariencia de haber sido una dama muy bella.

Después de vivir en Alemania y en Francia, Sándor Márai regresó a Hungría en 1928 y se ancló a Budapest durante los 20 años más prolijos de su carrera literaria. Aquí escribió unas 4 mil piezas periodísticas y publicó sus libros más aclamados, entre ellos el relato autobigráfico Confesiones de un burgués y la novela El último encuentro que en este mes de junio celebra los 70 años de su primera edición.
Su residencia de la calle Mikó en Buda estaba protegida por doce árboles de castaña de los que hoy en día sólo queda uno. En ese mismo lugar funciona ahora una agencia de viajes donde ninguno de los vendedores ha leído a Márai, a pesar de que al lado hay un busto solitario con su nombre. Nadie da información sobre él en las oficinas de turismo, su nombre no aparece en las guías de viajes y sus libros escasean en las anticuarias. Es como si Budapest se empeñara en ignorarlo.
Residencia de Sándor Márai en Budapest
Por comentarios en voz baja de libreros que entrevisté descubrí que Sándor Márai sigue siendo indeseable para los nostálgicos del viejo régimen aun cuando Hungría se libró del Kremlin hace más de dos décadas. Sin embargo, entre tanta indiferencia, hay un hombre que ha dedicado media vida a recuperar la memoria de Sándor Márai.  Se llama Tibor Mészaros, trabaja en el Museo Petöfi de Literatura y me ha concedido una cita.
Para no quedar mal con este señor tan erudito investigué cómo nombrar correctamente a Sándor Márai. Aprendí que en húngaro el apellido va antes que el nombre, que el acento está en la primera sílaba, que la erre vibra como la cuerda de una guitarra y que el idioma es cantarín. Su nombre se pronuncia entonces: Máaarai Sháaandorr.
El encuentro tiene lugar en el palacio Károly, una joya de la arquitectura neoclásica de Pest. Como es propio de la gente muy sabia, el señor Mészaros no se hace esperar, me da la mano con un apretón digno de nuestra complicidad literaria y empieza a hablar de Sándor Marai con el respeto que se le debe a un maestro.
Tíbor Mészaros, el más erudito conocedor de la vida y obra de Márai
El éxito que Márai consiguió en Budapest estuvo atado a la tragedia. En 1939, justamente cuando empezó la II Guerra Mundial, su bebé Kristóf murió de hemorragia interna a las siete semanas de nacido y su esposa de ascendencia judía se vio en riesgo por el apoyo de Hungría al proyecto Nazi.
Márai escribía abiertamente en contra de Hitler sin amedrentarse por las amenazas del partido fascista de la Cruz Flechada. Su casa fue destruida, y aún así no se silenció. Él pensaba que morir escribiendo sería una bella forma de darle fin a todo.
Los rusos vencieron a los alemanes, pero doblegaron a los húngaros bajo un sistema represivo en el que muchos autores se vieron obligados escribir poemas sobre Stalin para sobrevivir. Como Sándor Márai se negó a ser un títere del régimen sus obras fueron censuradas por su espíritu burgués. El escritor resolvió salir del país con un argumento claro: „No hay libertad sin derechos, y no hay vida sin libertad“.
El 31 de agosto de 1948 Márai cruzó la puerta de migración con su esposa y su hijo adoptivo Janos. Un oficial le pidió su pasaporte y le preguntó: „Usted es un escritor de la izquierda con ideas liberales. Ahora hay un 95 por ciento de todo lo que usted deseaba, entonces ¿por qué se va?“ Y él respondió: „Debido justamente a ese 5 por ciento“.

El tesoro mejor guardado

Sándor Márai
Todas estas historias me las cuenta Tibor Mészaros con el entusiasmo de un predicador. Él descubrió a Sándor Márai -cuando aún era prohibido leerlo- gracias a que un profesor de confianza le prestó en secreto Confesiones de un burgués con la advertencia de hacerle perder el semestre si no le devolvía el libro.
Desde esa primera lectura Mészaros se consagró a completar la más extensa biografía que se haya escrito sobre el autor. Al ver la pasión de este joven investigador, la editorial de Toronto que conserva los derechos sobre la obra de Márai le envió al museo Petöfi 22 cajas con los objetos personales del escritor.
Tíbor Mészaros tuvo el honor de abrir caja por caja y confiesa que lloró de emoción cuando cayó en cuenta de que todo este legado había sido meticulosamente empacado por el propio y metódico Sándor Márai. En ellas había manuscritos, grabaciones, correspondencia, fotografías; los únicos objetos que él conservó en su casa de San Diego, California, adonde se había mudado con su esposa al cumplir 80 años.
La década del ochenta llegó saturada de funerales: murieron sus dos hermanos, su hermana, su amada Lola y su hijo adoptivo. Anticipándole el jaque mate a un cáncer, en un tablero de juego arrasado y solitario, Márai se disparó en el atardecer del 21 de febrero de 1989. Sus cenizas fueron esparcidas por el océano Pacífico.
Los objetos personales de Sándor Márai
El señor Mészaros me conduce finalmente al salón donde está el tesoro, y lo que veo cierra con broche de oro esta peregrinación literaria: allí están el sombrero de fieltro verde, la inseparable pipa, la billetera de cuero, la navaja suiza y la pluma que tradujo en palabras el caudal imaginativo de Sándor Márai. Reviso con emoción sus diarios corregidos a mano que son el legado de 44 años de exilio. Miro con paciencia más de cien fotos familiares tratando de encontrar un instante de una sonrisa en el rostro de Sándor Márai, pero no lo hallo.

Los diarios de Márai corregidos a mano por él mismo

Entre todas estas reliquias, el objeto que más que conmueve es su pasaporte, el único documento capaz de atestiguar que ese hombre errante y sin terruño era un ciudadano húngaro. En la última página del librillo, después de pasar por los sellos de residencia de Italia, Suiza y Estados Unidos, se conserva una hoja de árbol de castaña que evoca su vida en la calle Mikó, la nostalgia de su patria, la añoranza de su lengua.

Una hoja de árbol de castaña en el pasaporte. La nostalgia de Hungría

De acuerdo con la última voluntad de Márai sus libros sólo se publicarían de nuevo en Hungría cuando las fuerzas de ocupación rusas hubiesen abandonado el país. Hoy, 23 años después de su muerte y del derrumbe de la Unión Soviética, su obra ha vuelto a la vida conquistando lectores en más de 200 países. Quien lee a Sándor Márai corre el peligro de quedar engarzado entre sus letras y terminar vagando por las calles de Budapest a la caza de su fantasma; un riesgo que se compensa al descubrir el tesoro literario mejor guardado del siglo XX.


Publicado en el periódico El Colombiano el 29 de julio de 2012



Aventura por La Alpujarra española

¿Existirá algún parecido entre la comarca española de La Alpujarra y el edificio administrativo del poder regional que lleva su nombre en Antioquia? 

La Alpujarra de Granada, España

Con mis bolsillos más saqueados que tesorería de pueblo, el monedero más vacío que tragamonedas de cantina y una billetera con más fajos de estampitas bendecidas que de billetes mundanos, le hice la venia al espíritu de la crisis económica que tiene a España prendiendo velas y conjurando milagros.

Tan empeñadas como yo, allí en la terminal de buses de Granada, en pleno corazón de Andalucía, unas peregrinas agitaban alcancías en forma de maraca requiriendo donativos. Yo había sumado ahorros para viajar al pueblito de Trevélez donde recogería a un ahijado. Ellas pedían contribución para financiarse el transporte hasta el santuario de la Virgen del Martirio, esperanzadas en el poder de la plegaria para espantar el desempleo.

Con curiosidad les pregunté qué región tan atormentada era esa que tenía por patrona a una virgen de nombre tan triste, y ellas me respondieron que se trataba de una comarca de montañas y valles llamada La Alpujarra.

Más tardaron en mencionar La Alpujarra que mi memoria en recordar esa gigantesca mole de concreto que se erige en mi natal Antioquia como centro administrativo: una construcción tan gris que encaja sin esfuerzo en los claroscuros de la política, una arquitectura tan pesada como la monotonía de la burocracia, una obra tan enorme como la ambición del poder.


La Alpujarra de Medellín, Colombia

¿Ir a La Alpujarra para visitar a la Señora del Martirio? -hablé en voz alta para hacerme oír de las penitentes-. Pues ya bastante martirio he tenido en la otra Alpujarra al hacer filas de una mañana para hacer un trámite, esperar por horas a que un funcionario me atienda o perseguir por días a un diputado para que oiga una queja comunitaria.

¿Y, además, qué tiene qué ver la Alpujarra andaluza con el edificio de gobierno en Antioquia? Aunque ya celebramos el bicentenario de la Independencia, los constructores colombianos se empeñan en seguirnos colonizando al bautizar sus edificios, comercios y hasta oficinas públicas con nombres de provincias españolas para vendernos la ilusión de nobleza, alcurnia y linaje.

Al oír mi alegato, una de las peregrinas sacó un mapa de España, señaló la comunidad autónoma de Andalucía y allí mismo a La Alpujarra. Menuda sorpresa me llevé cuando observé que el pueblecillo de Trevélez adonde iba por mi ahijado quedaba justamente en esta región. Sin más sermones emprendí mi viaje.


Entre abismos y trovadores

 El ascenso en bus a La Alpujarra no es apto para enfermos cardiacos. La carretera rompe las montañas en forma de estría y rasga las cumbres en zigzag hasta llegar a tramos tan altos y estrechos que apenas cabe un carro por la calzada y es obligatorio pitar en cada curva para evitar el choque del que sube con el que baja.
Por la ventanilla se ven precipicios sin fondo y despeñaderos atiborrados de cruces sepulcrales con inscripciones tan ocurrentes como: “Tened precaución mientras no se invente el coche volador”.

En el bamboleo de la travesía una dama mareada grita: “una bolsa, una bolsa”, y ese grito, de repente, me hace sentir como si estuviera en la flota Sonsón-Argelia, al pie de los abismos de Heliconia o en la temible llegada al Alto de Ventanas. Por primera vez encuentro similitud entre un rincón español y una esquina antioqueña.

Aquí casi todos los hombres se llaman Paco y las mujeres María. Paco se llama también el conductor del bus que nos anuncia una parada alimenticia en Órgiva, la capital comarcal, famosa por los dos tipos de peregrinos que la frecuentan: los que desfilan en las procesiones del Santo Cristo de la Expiración y los que hacen romería para visitar el cortijo donde vive desde hace un cuarto de siglo el fundador de la legendaria banda Génesis, Chris Stewart.

No es extraño que un músico de su talla se refugie aquí porque además de que abundan los guitarreros y cantaores, sobrevive la tradición del “trovo alpujarreño”, un duelo entre dos juglares repentistas dotados con el don de la rima, provistos con instrumentos de cuerdas y capaces de retar al rival con estrofas de cinco versos llamadas quintillas.


Trovadores de La Alpujarra granadina

Sin duda alguna, el trovo alpujarreño es hermano de la trova antioqueña, aunque el primero suene a flamenco y la segunda, a parrandera; aunque el primero sea lírico y la segunda, picaresca. La emoción del público local cuando ovaciona una buena rima o abuchea una mala copla se asemeja al arrebato que despierta en Antioquia el verso juguetón de Minisigüí o la trova aguda del gran Pucheros.

La diferencia es que el trovador alpujarreño goza de tanto reconocimiento como portador de cultura, que al recién fallecido maestro Miguel Candiota se le honró con escultura en el pueblo de Vícar y se bendijo con su nombre un colegio en Las Norias. Ya quisieran las escuelitas en mi tierra llevar el apelativo de los célebres Gelatina o Crispeta como tributo al arte popular, en lugar del nombre y apellido de algún político ególatra.

Mi paso por Órgiva remata con tenedor y cuchillo en pie de guerra frente a un batallón de longaniza, papas a lo pobre y migas de pastor, dignas de tanto elogio como una buena bandeja paisa, y con la cuchara sumergida en un cocido alpujarreño del mismo aspecto y gustillo que nuestro tradicional sancocho.

El niño Lama de la Alpujarra

Continúo el trayecto en bus por La Alpujarra con la expectativa de recoger a ese ahijado mío que creció entre estas montañas adornadas con más de cien aldeas todas pintadas de blanco, agarradas como garrapatas a los barrancos, desiertas en la modorra del mediodía y pobladas de jubilados que se resignan al éxodo de sus familias por la falta de trabajo. Pueblos curtidos que hierven una vez al año en las fiestas de su santo.

Pasamos por Bubión, una villa empinada a tal altura que la belleza del paisaje y la profundidad del panorama sirven como masaje para los ojos. Sólo un lugar tan exuberante podría originar la increíble y verdadera historia de Osel, el niño Lama de la Alpujarra, el personaje vivo más famoso de la comarca.




Osel Hita Torres es el quinto hijo de María y Paco, una pareja convertida al budismo que impulsó en Bubión la construcción de un centro de meditación. Su nacimiento coincidió con la muerte de un Lama o maestro muy apreciado en España, por lo cual se pensó que el pequeño Osel podía ser su reencarnación. El niño fue enviado al Himalaya indio para acreditar su dignidad entre otros postulantes, y al cabo de varias pruebas el mismísimo Dalai Lama lo reconoció como “el elegido”.

En 1987, cuando apenas contaba con dos años de edad, Osel inició una nueva vida bajo reglas monásticas, rodeado de tutores que lo adiestraban, de asistentes que lo reverenciaban y de otros niños reencarnados que fueron creciendo con él.

Sin embargo, en sus viajes de reencuentro con su madre en Europa se deslumbró con el cine, descubrió el rock, añoró su familia y enfrentó una contradicción personal que lo impulsó a abandonar su vida de monje y salir de Asia cuando alcanzó la mayoría de edad. Cambió la túnica naranja por un jean y el puntiagudo sombrero amarillo de la sabiduría por una melena de artista. Hoy, a sus 25 años, se declara agnóstico y estudia para ser cineasta.


Osel Hita Torres en la actualidad

En Bubión, donde se originó esta historia, al igual que en toda la comarca, la religión es como un cincel que ha moldeado el carácter del alpujarreño. Ahora conviven sin problema cristianos, budistas y musulmanes, pero en el pasado, cuando los árabes perdieron la Península Ibérica tras ocho siglos de dominación y los monarcas católicos se empeñaban en expulsarlos o convertirlos, se libraron guerras brutales que en la actualidad, de forma contradictoria, se recuerdan cada verano con las alegres fiestas de moros y cristianos.

Del árabe heredamos la palabra Alpujarra traducida por los lugareños como “tierra indomable, rencillera, pendenciera”.

Al encuentro del ahijado


Llego por fin a Trevélez para el encuentro con mi ahijado Federico Guillermo I, marqués de Pueblorrico, conde de Cañasgordas y káiser de Copacabana. Así lo nombré al conocer su abolengo por las referencias que me dio su apoderada Maria Cara.

Trevélez es como un nidito blanco escondido entre las montañas de La Alpujarra, que debe su fama al honor de ser el pueblo más alto de toda España; su orgullo, a su majestuosa Sierra Nevada; y su prestigio, al sabroso jamón que se cura naturalmente en su despensa.

Sus perniles son de tan alta estirpe y prosapia que hace más de un siglo la reina Isabel II los requirió para sus viandas concediéndoles el sello real y la noble granadina Eugenia de Montijo consorte de Napoleón III los introdujo en el menú de la corte imperial de Francia.

Ese es pues el linaje de mi ahijado, adobado cariñosamente por Maria, una mujer de hablar apasionado como buena andaluza, de trato afectuoso como típica alpujarreña y de cuentas claras como la experta jamonera que es. 

Su proyecto “apadrina un jamón” hace furor en Andalucía porque ha logrado atraer el turismo e impulsar el empleo en plenos tiempos de crisis con una estrategia creativa que consiste en enviarles a los padrinos fotos y reportes de sus jamones durante los 18 meses de curación, así como videos sobre la hermosa región donde se conservan para que el padrino valore el proceso y de paso se enamore de La Alpujarra.


María Cara

Maria me entrega a mi tierno ahijado Federico Guillermo, me echo su porcina alcurnia al hombro y emprendo el regreso con él a cuestas. Esta región verde y vivaracha me recuerda a mi querida Antioquia con sus pueblos colgados en las montañas, su música popular, su herencia rezandera, su gente amable y su gusto por el chancho -que en España se cura y consume en lonchas, y allá se frita en forma de chicharrón con patas-.

Sin embargo, atestiguo que este paisaje diáfano poco se parece a ese conjunto de edificios opacos donde se cuece el poder político regional. La única similitud que encuentro entre la Alpujarra andaluza y la antioqueña es que pocos entran sin un padrino y ningún padrino sale sin su ahijado.

FIN