Por Polonia siguiendo al Papa

Quienes quieran deshacer los pasos de Juan Pablo II deben recorrer el sur de Polonia donde en medio de la guerra el nuevo santo encontró su vocación.



Pegue en su nevera el imán con el rostro del Papa para que nada falte en su despensa, tómese el café en el pocillo pontificio si quiere empezar bien el día, inspire su escritura con el bolígrafo del santo padre, protéjase de la lluvia con el paraguas papalino y atraiga la alegría llevando siempre en el bolsillo una foto de Juan Pablo sonriente.

Cada vendedor de souvenirs se las ingenia para ofrecerles a los peregrinos los llaveros, velas, cuadros, estatuas, pinturas y toda clase de recordatorios, entre los cuales el más exótico es sin duda un rosario que al ser oprimido emite la voz del Papa dando la bendición en latín. Lo paradójico es que toda esta mercancía religiosa viene de China donde el catolicismo es menos que una minoría.


El ascenso de Juan Pablo II al pedestal de los santos ha desatado una “papamanía” en Polonia, su país de origen; y particularmente en su pueblo natal llamado Wadowice. En este lugar comienza el “Tour del Papa”, la nueva ruta que las operadoras de turismo abrieron para responder a la romería.

Wadowice, donde todo empezó
En plena plaza principal, al lado de la catedral, se levanta un edificio de dos pisos donde Karol Wojtyla (padre) y su esposa Emilia rentaron un apartamento que constaba de cocina, sala y una pequeña habitación en la que nació el futuro Papa el 18 de mayo de 1920. Desde las ventanas de su hogar los Wojtyla podían ver el reloj solar en la pared de la iglesia con la inscripción: „El tiempo vuela, la eternidad espera“. En esta misma casa murió la madre cuando el niño tenía 9 años.


 Con motivo de la canonización se acaba de abrir al público la residencia totalmente restaurada y convertida en museo de reliquias. Allí encontramos desde fotografías familiares y prendas de vestir hasta el arma usada en el atentado contra el pontífice.


 Una estatua de Juan Pablo II custodia la entrada a la Basílica donde el pequeño Lolek, como era llamado en su infancia, fue bautizado, recibió la primera comunión y sirvió de monaguillo. Adentro los visitantes hacen fila para orar frente a una escultura en tamaño real del Papa en pose de confesión. Es tradición entre los penitentes dejar un rosario colgado en la pared como constancia de su peregrinaje y hay que decir que al muro no le cabe una camándula más.


 Afuera de la iglesia, en la plazoleta, es necesario mirar al suelo. Entre las losas que cubren el piso hay 129 placas conmemorativas de los países que Juan Pablo II visitó. La baldosa que recuerda el viaje papal a Colombia en 1986 está muy bien ubicada, a sólo unos metros de aquella casa natal donde Lolek vivió hasta los 18 años.


Los habitantes de Wadowice están orgullosos de tener un santo, y los pasteleros del pueblo están en gratitud eterna con él por haber hecho famosa la torta de crema que solía comer en su juventud después de salir del colegio. Ningún romero se va de aquí sin haber probado en alguna repostería la kremówka papieska, el postre papal que bendice el paladar desde el primer mordisco.


 Cracovia y la vocación
Cracovia conserva esa belleza cabizbaja de las ciudades majestuosas que han atestiguado la barbarie y el horror. Su centro histórico cuidadosamente restaurado guarda memorias de los pomposos ceremoniales monárquicos, mientras los barrios con edificios medio caídos y despintados recuerdan el genocidio de la segunda guerra mundial y los tiempos claroscuros de la guerra fría.


Hoy Cracovia es fiestera y turística, pero en el año 1938, cuando Karol Wojtyla llegó a ella para estudiar filosofía en la universidad Jagellónica, la ciudad ya respiraba el antisemitismo y el odio racial que la vecina Alemania exhalaba. Los Nazis no tardaron mucho en invadir Polonia, ocupar Cracovia y cerrar su universidad.

Wojtyla trabajó en una cantera y en una fábrica de químicos para sobrevivir, mientras de forma clandestina ingresaba al seminario y fundaba con otros amigos artistas el Teatro Rapsódico, cuya intención era mantener viva la memoria cultural de Polonia en medio de la ocupación.



Tadeusz Kwiatkowski, uno de sus amigos teatreros, escribió: „Él poseía aquello que los actores llaman el alma. Cuando actuaba, las líneas que decía lograban expresar el significado que muchas veces era difícil de entender durante la lectura. No hacía mucha vida social y solía invertir su tiempo libre estudiando y leyendo en casa“. 


Este testimonio acompaña un busto del Papa ubicado en la fábrica original de Oskar Schindler, el alemán que al inicio de la invasión nazi quería aprovechar la mano de obra barata de los judíos para la producción de utensilios de cocina y que al final de la guerra logró salvar la vida de 1.200 de sus empleados invirtiendo toda su fortuna.

En la fábrica se grabaron muchas secuencias de la película La Lista de Schindler. Desde hace cuatro años fue convertida en un museo sobre el exterminio de judíos en Cracovia. Allí en una sala se recuerda a líderes no judíos que hicieron resistencia al régimen nazi, entre ellos Karol Wojtyla.

Tras el fin de la guerra Wojtyla se ordenó como sacerdote en el Palacio Arzobispal, el lugar más emblemático para los devotos que visitan la ciudad siguiendo las huellas de Juan Pablo II. Aquí vivió como arzobispo y aquí descansaba durante sus visitas pontificias a Polonia. La multitud se aglomeraba bajo la famosa „Ventana Papal“ para esperar unas palabras suyas, un saludo o una bendición. Esa ventana fue clausurada después de su muerte y tras el vidrio se exhibe ahora una foto del Papa que es reverenciada como si él estuviera allí en carne y hueso.


 En el patio trasero del Palacio Arzobispal se levanta una estatua adornada con flores y velas ofrendadas por feligreses de todas las esquinas del mundo.  Estos mismos fieles hacen fila frente a una máquina dispensadora que por ocho Zlotys (unos 6 mil pesos colombianos) entrega una moneda conmemorativa de la canonización con la imagen dorada del santo en oración.

El tour papalino continúa por el centro histórico hasta llegar a la Catedral de Wawel, considerada el centro espiritual de Polonia. Karol Wojtyla dio allí su primera misa el 2 de noviembre de 1946, un día después de haber sido ordenado. La intención de la plegaria fue por sus padres, su hermana y su hermano ya todos muertos. En esta misma catedral se consagró como obispo, arzobispo y cardenal. A la entrada hay una escultura suya con los pies ya descoloridos por la fricción de quienes tocan y luego se santiguan.


Al caminar por Cracovia queda la sensación de encontrarse una iglesia en cada esquina. La mayoría de ellas están dedicadas a María, la madre de Jesús. El Papa era tan devoto de ella que incluyó en su escudo pontificio una letra M de color dorado. Su iglesia mariana predilecta era la imponente Basílica de Santa María, ubicada a un costado del mercado central en pleno corazón de la ciudad.


 El recorrido cracoviano termina en el centro Juan Pablo II ”No tengáis miedo” que será inaugurado en 2016 con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Aunque está en construcción, ya se puede visitar el oratorio que consta de varias capillas cuyas paredes exhiben frescos, mosaicos y pinturas de Juan Pablo II.

También está abierto al público un museo donde se puede ver el mobiliario original de la habitación arzobispal de Wojtyla, la ropa deportiva que usaba para salir a esquiar y algunos regalos valiosos que recibió en sus viajes por el mundo, entre ellos dos tazones de plata obsequiados por la diócesis de Palmira y el ingenio Manuelita.


Durante los 40 años que vivió en Cracovia, Wojtyla fue obrero, actor, poeta, seminarista, obispo, arzobispo y cardenal. En 1978 se trasladó a Roma tras ser elegido Papa, pero aún así nunca olvidó su tierra y viajó a su patria nueve veces.

Auschwitz, el Gólgota moderno
Durante su tiempo como seminarista clandestino Karol Wojtyla podía ver desde la distancia el muro con forma de lápida que los nazis construyeron para hacinar a 15 mil judíos en las pocas calles que conformaban el Gueto de Cracovia. Muchos de los confinados fueron enviados al campo de concentración y exterminio de Auschwitz, donde murieron 1.100.000 personas.


 Auschwitz está a una hora de distancia en carro desde Cracovia. Es escalofriante caminar por los rieles que le dieron entrada a trenes cargados de humanos hambrientos, aterrorizados y despojados de su dignidad. Es estremecedor observar sus maletas marcadas, los zapatos de los niños asesinados, las toneladas de pelo que luego se usaría para la producción de telas. Es espeluznante pasar por la cámara de gas y ver las paredes desgarradas por los arañazos de los moribundos en la agonía de la asfixia.

Karol Wojtyla hizo muchas veces este recorrido por el memorial de Auschwitz en sus tiempos de sacerdote, y allí regresó convertido en Papa en el año 1979. Arrodillado frente al Muro de la Muerte donde eran fusilados los prisioneros oró en silencio. Juan Pablo II llamó al campo de concentración de Auschwitz “el Gólgota del mundo moderno” y en una misa manifestó: “Aquel intento de destruir de modo programado a todo un pueblo se extiende como una sombra sobre Europa y sobre el mundo entero; es un crimen que mancha para siempre la historia de la humanidad“.

Él fue el primer Papa en visitar un campo de concentración, entrar a una sinagoga, visitar el memorial del Holocausto en Israel y orar frente al Muro de los Lamentos de Jerusalén. Ningún recorrido por los orígenes de Karol Wojtyla podría terminar sin una visita a Auschwitz cuyas víctimas moldearon una actitud de diálogo interreligioso en el sacerdote que se hizo santo.

Según el santoral, los católicos habrán de venerar a Juan Pablo II cada 22 de octubre recordando el primer día de su pontificado. Los polacos han declarado esta fecha como fiesta nacional y desde ya se preparan para recibir a la romería. Algunos llegarán a peregrinar y otros a esperar milagros, pero todos encontrarán en Polonia un país hermoso que va reconstruyendo el futuro sobre los escombros de su triste historia de invasiones y exclusión.

Esta crónica fue publicada en el suplemento Generación del periódico El Colombiano, el domingo 4 de mayo de 2014.


Fiesta en Tierra de Gigantes

Las Fallas de Valencia en España abrazan la primavera con exóticos rituales de ruido y fuego protagonizados por gigantescos muñecos condenados a la hoguera como símbolo de purificación. Hay que ver para creer.



La multitud se escurría entre los callejones del centro histórico de Valencia hasta llegar a la Plaza del Ayuntamiento donde millares de espectadores invocaban con silbidos ansiosos el inicio de la función. Allí apiñadas entre el gentío Concha y yo esperábamos la gala de pirotecnia que abre las festividades de marzo llamada mascletà.

Jamás me imaginé lo que iba a ocurrir cuando la torre del reloj marcó las 2 de la tarde. Una explosión inesperada me dejó casi sorda. Luego vino otra descarga y otra y otra. Aunque el estruendo me sonaba a estallido de guerra, para el público delirante el rugido era como una sinfonía interpretada rítmicamente por petardos de gran poder, cuya melodía remataba en una detonación estremecedora llamada “terremoto”.

(Vista aérea de una mascletà)

Durante siete minutos reventaron en mis tímpanos 150 kilos de pólvora haciendo un ruido tan apocalíptico que hasta creí haber escuchado los trompetazos del juicio final. Tal vez porque crecí con miedo a los “narcobombazos” temblé y renegué de mi primera mascletà. Sin embargo, después de estar acompañando a Concha día por día a este ritual atronador aprendí a vibrar y a emocionarme como los valencianos. Para ellos, el ruido purifica el alma.

(Falleros y falleras en desfile por el centro de Valencia)

Aquí en la Costa Blanca del mar Mediterráneo el año nuevo comienza realmente con la entrada de la primavera. Marzo llega para quemar lo malo que deja el pasado y así empezar con júbilo un nuevo calendario. En este mes se confunde lo pagano y lo sagrado en las famosas Fallas, una fiestas tan exóticas, descomunales y asombrosas que cualquier relato que las describa puede parecer inverosímil.

Tierra de Gigantes

Concha Reig es mi anfitriona. A sus 70 años ha cumplido el sueño de colgarse la banda que la acredita como Fallera Mayor de su barrio, algo así como la reina que representa a su comunidad. Su papel no sólo consiste en desplegar carisma sino que se ha pasado todo el año consiguiendo patrocinios y organizando eventos para financiar la creación de su Falla.

(Concha posa orgullosamente frente a su falla)

La Falla es una obra artesanal compuesta por muñecos gigantescos, algunos tan altos como edificios de seis pisos, que describen con ironía la realidad española. Estas figuras se denominan ninots en el idioma valenciano. Junto a la falla monumental se ubica la falla infantil que representa escenas fantásticas para poner a volar la imaginación de los falleritos y perpetuar en ellos esta celebración.

(Los ninots del monumento fallero)

Por una tradición que lleva más de un siglo, las Fallas se arman sobre los cruces de calles en la noche del 15 de marzo. Concha anima a los carpinteros que con velocidad y maestría van levantando sobre el asfalto la pesada armazón de madera sobre la cual se instalará el monumento. Todos se ven concentrados porque cualquier mínimo error de montaje podría derrumbar la estructura y echar a perder el trabajo de doce meses.

A la media noche los escultores traen en camiones los gigantescos ninots y los incorporan en el maderamen con la ayuda de grúas mientras una tropa de pintores se encarga de darles a los muñecos los últimos brochazos de color brillante. Concha pasa la noche en vela repartiéndoles a los artesanos tapas de mejillones, jamón serrano, calamares y pan con tomate.


La escena queda lista al amanecer y los falleros brindan con chocolate caliente. Es costumbre despertar a los vecinos con una serenata de pasodobles interpretada por la banda musical del barrio y con un concierto de pirotecnia que incluye petardos estridentes y cohetes chillones; esos que en Colombia llamamos totes y voladores. Este alboroto en plena madrugada, sumado a la aglomeración y al caos del tráfico obliga a muchos valencianos a escapar de la ciudad.



Valencia se despierta con ¡770 Fallas! grandes e infantiles plantadas en sus vías. Enormes seres mitológicos se apoderan de las ramblas; alucinantes estatuas gigantes dominan las avenidas; caricaturas de gran tamaño se burlan del presidente español, de la canciller alemana o del yerno del Rey entre muchos otros personajes. No hay mejor paseo que caminar de calle en calle para apreciar el arte de los ninots y reírse con las escenas ocurrentes.


La Falla del barrio de Concha es alta como un poste de luz, costó 60 mil euros y aún así se considera modesta. Aunque muchos amarran el bolsillo, los falleros pudientes invierten medio millón de euros o más en monumentos opulentos que les den el honor de ganar el concurso de Fallas.  Se estima que estas fiestas son tres veces más costosas que los famosos Sanfermines de Pamplona, que la Feria de Abril de Sevilla o que cualquier otro festejo español.


Princesas sobre el adoquín

Mientras Concha en su cuarto se pone su traje de fallera, se peina y se acicala, yo la espero en la sala de su apartamento. Es un pequeño espacio muy acogedor con paredes tapizadas en papel de colgadura multicolor, floreros con rosas artificiales en las esquinas, vitrinas repletas de porcelanas, un televisor barrigón y una colección de mesitas y consolas que sostienen portarretratos con fotos de la hija que murió.

En recuerdo de esa hija, Concha se cubrirá hoy la cabeza con la misma mantilla blanca que la joven usaba y hará oración durante el evento más esperado para toda fallera: la ofrenda floral a la Virgen de los Desamparados.

(Falleros y falleras entregan su ofrenda floral a la Virgen)

La escultura de la patrona de Valencia mide 15 metros de alto.  En su parte superior conserva la cabeza de María y la figura del pequeño Jesús, pero hacia abajo no tiene cuerpo sino una tarima de madera que al cubrirse de flores le da forma al manto sagrado. Se requieren 47 mil ramos de claveles y rosas para vestir a la Virgen y se necesitan dos días para que más de 100 mil falleros puedan entregar su ramillete.

(El diseño del manto cambia cada año y se conserva como un gran secreto hasta el final)

Concha ha empezado a desfilar hacia la plaza de la Catedral junto a otras abuelas, padres con sus niños y hasta bebés en cochecitos. Las calles del casco antiguo parecen el escenario de un cuento de hadas repleto de princesas pues los trajes de las falleras tienen un estilo fastuoso con corpiño bordado en hilos dorados, falda englobada en pesadas telas de tapicería y delantal de puntillas de chantilly. 


Todas las damas llevan el cabello recogido en tres moños complicados, adornados con peinetas flor de agua brillantes, al estilo señorial de las valencianas del siglo dieciocho. Los tacones altos de moño grande que lleva Concha se atascan en el piso adoquinado, pero ni la incomodidad ni la fatiga le quitan a ella la emoción del momento. “Guapa, eres la más guapa”, le gritan los espectadores a lado y lado de la vía.


Es tanto el fervor de la ceremonia que casi todas las falleras rompen en llanto cuando entregan su ramo de flores a los pies de la Virgen. Concha rememora antiguos desfiles al lado de su hija y pasa al pie de la patrona como aturdida por la muchedumbre, como amarrada a los recuerdos.


¡A quemar la crisis!

En la víspera de San José los valencianos se desplazan hasta La Alameda para ver desde allí los sorprendentes castillos de fuegos artificiales que revientan a las 12 de la noche. La pólvora estalla ya no por kilos sino por toneladas coloreando el cielo con ráfagas de pura fantasía.

Así ha empezado el 19 de marzo: día de los carpinteros, día del padre, día final de las Fallas. En cada cuadra, sobre el pavimento, echan candela los fogones de leña sobre los cuales hierve en pailas el arroz para la tradicional paella valenciana cuya receta original exige carne de conejo, pato y pollo.

(Por tradición los hombres son quienes hacen la paella)

Al medio día la ciudad parece un campo de batalla. Cada grupo fallero explota una mascletà en su cuadra con toda la pólvora que pueda financiar el vecindario. Eso significa que simultáneamente estallan en Valencia unas 400 mascletàs haciendo un ruido del fin de los tiempos acompañado por humaredas negras que suben al cielo hasta formar nubes de ceniza como de volcán en erupción. El suelo tiembla, los turistas cierran los ojos, se tapan los oídos y brincan del sobresalto. Los falleros silban y gritan hasta quedar roncos. El alarido de las sirenas de los bomberos eleva la tensión.


Durante esta semana todo ha sido tan extremo y tan intenso que Concha siente ya la melancolía de tener que volver muy pronto a la rutina de los días. A ella le corresponde prender la mecha que incendiará el monumento fallero en un ritual llamado La Cremà.  Son ya las 11 de la noche. Los vecinos y amigos miran por última vez sus ninots antes de la hecatombe. Cada uno se sumerge en los recuerdos del año que termina implorando que los problemas se incineren con el fuego y la esperanza renazca sobre las ascuas.


La chispa carcome el lazo y avanza velozmente por la traca cargada de petardos hasta quemar los muñecos que ya han sido rociados con gasolina. Las llamas van dejando una visión fantasmagórica: rostros que se derriten, cuerpos que se calcinan, figuras altivas reducidas a brasas. La vanidad ardiente convertida en ceniza negra.

En el momento en que se desploma por fin la armazón de madera los falleros se abrazan, los niños cantan rondas y Concha aplaude con euforia mientras toda Valencia brilla bajo el fuego de centenares y centenares de fogatas.


A medida que sale el sol, la ciudad de la fantasía se va desvaneciendo entre los escobazos de los barrenderos. Los trajes principescos vuelven a los armarios, el amargor de los noticieros agudiza la resaca, el afán recupera su trono y la vida real toca a la puerta del fallero. Concha se ha sentado en el sofá de la sala, acompañada por las fotos de su hija, para bordar lentamente el vestido del próximo año. Las puntadas y la ilusión de las Fallas la mantienen viva en este tiempo de soledad.

 (Concha ha cumplido su sueño de ser fallera mayor y yo he conocido a través suyo esta mágica fiesta)



El destierro de las estatuas


La crisis española paraliza incluso a las tradicionales estatuas de La Rambla en Barcelona.


 Una moneda al aire decide una­ apuesta, una moneda a la fuente concede deseos, una moneda a la pianola consuela un despecho, una moneda al santuario paga la cuota inicial del paraíso, una moneda al sombrero del artista callejero remunera la cultura a cielo abierto. Pero hoy en la España que lleva „la crisis“ por apellido no hay centavos para tirar al pozo, ni para comprar indulgencias, ni para dar propinas.

Esta es la historia de un hombre que se petrifica a diario como estatua humana en esa arteria de Barcelona llamada La Rambla sin mayor expectativa de retribución que una simple moneda. Su actuación es tan fidedigna que los transeúntes se ven obligados a tocarlo para comprobar que es una persona y no un bloque de metal; sin embargo, la recesión está a punto de dejarlo literalmente „parado“.

El arte de paralizarse
El termómetro marca 35 grados centígrados para la alegría de los veraneantes y el sofoco de los artistas. A esta estatua el sol le quema la cabeza, la sal del Mediterráneo le reseca los ojos, el viento de la Tramontana le golpea la cara, el bochorno le derrite el traje; y aun así, ni suda, ni parpadea, ni se rasca.  Puede aguantar más de una hora sin mover su pose o sus ojos.

Sólo se le ha visto „cobrar vida“ para perseguir a unos rateros que tras agarrar su tarro de monedas salieron corriendo por las calles del barrio gótico. El botín volvió a su dueño con la ayuda del público, y desde entonces la estatua asegura con un lazo atado al cuerpo su cofre del tesoro.

Quien haya descubierto por La Rambla a un marinero estático fumando pipa en la proa de su barco, a una tenebrosa gárgola de alas abiertas o al dios Ganesh levitando contra todas las leyes de la física se encontrado de frente con el aclamado presidente de la Asociación de Estatuas de Barcelona, el argentino Fabián López.


Durante su actuación, Fabián utiliza métodos ancestrales de meditación que aprendió con la comunidad Hare Krishna en la India y aplica técnicas de yoga como el Trataka que le entrenan para fijar la mirada. Sólo así puede mantenerse quieto e imperturbable ante los turistas que lo provocan con morisquetas, gritos y hasta empujones.

En la pasarela de La Rambla actúa también una sonriente dama antigua envuelta en un aparatoso vestido con miriñaque y aferrada con candidez a su sombrilla de raso y encaje. Está embadurnada con pintura dorada hasta en la caracola de la oreja. Se llama Ann-Marie y es la esposa de Fabián.

Esta pareja de argentinos migró a España con sus dos hijas en el año 2004. En Buenos Aires gozaban de empleo fijo, vivienda con piscina y carro particular, pero tuvieron la desgracia de perder familiares en atracos a mano armada y de ver cómo la delincuencia dejaba a un vecino en el hospital, a un compañero en silla de ruedas o a un pariente en el diván del psiquiatra. No querían vivir con miedo y se fueron.

Un amigo catalán que trabajaba como estatua le enseñó a Fabián los secretos del oficio y lo impulsó a ganarse un espacio en el paseo peatonal más concurrido de Barcelona donde además compartiría escenario con saltimbanquis, marionetistas, magos, danzarines y pintores que hacían de La Rambla un referente internacional de las artes de calle.

Era una época dorada. Llegaban fotógrafos del mundo entero para hacer libros sobre las estatuas; periódicos de todos los idiomas acrecentaban la fama de su talento para engañar el ojo humano, y los paseantes lanzaban con derroche la moneda al tarro entre aplausos y fotos.


Bien fuera como caballero, vikingo, ogro o cualquiera de sus catorce personajes, Fabián lograba recoger hasta 100 euros por día en ese ambiente veraniego y fiestero de ciudad costera haciendo una labor que paradójicamente le permitía aislarse de la gente y soltar su mente a navegar en el mar de las ideas. La bonanza, no obstante, duró lo mismo que un parpadeo.

Estatuas al paro
Al inicio de la depresión económica en el año 2007 muchos migrantes recién despedidos de sus trabajos se arremolinaron en La Rambla para conseguir con qué seguir pagando sus hipotecas. Buscaron en las tiendas chinas disfraces baratos de súper héroe, monstruo o vampiro y se pararon al lado de colosos profesionales que habían invertido hasta un año en confeccionar su atuendo y que se esforzaban por representar un personaje en movimiento congelado con equilibrio y concentración.

Los principiantes se embetunaban la cara a toda prisa para obtener lucro cuanto antes, mientras las estatuas tradicionales le dedicaban por lo menos media hora al maquillaje y caracterización minuciosa del rostro. A falta de entrenamiento para quedar paralizados sin pestañear, los nuevos se empeñaron en hacer monerías con el fin de llamar la atención. El más exitoso de todos ellos era un hombre lobo con máscara de plástico que asustaba a los transeúntes.

Para rematar la situación, los carteristas se aprovecharon de la aglomeración de gente alrededor de las estatuas para desvalijar a los espectadores. El hurto de billeteras, cámaras y joyas aumentaba conforme se agudizaba el desempleo en el país.


En el año 2011 La Rambla estaba tan sobrepoblada que a muchos catalanes les empezaron a estorbar las estatuas. Ya no las veían como artistas sino como mendigos disfrazados, okupas del espacio público, vagabundos que obstaculizaban el paso de los peatones.  El gobierno local decidió entonces hacer un casting para elegir los 30 mejores personajes y darles sólo a ellos el permiso de actuar.

Fabián, su esposa y otros artistas, entre ellos también algunos colombianos, ganaron sin problema el concurso de méritos y obtuvieron su licencia a cambio de pagar un impuesto anual. Pero justamente ahora cuando la prosperidad parecía estar de regreso, las autoridades decretaron el traslado de las estatuas desde el corazón de La Rambla hacia el tramo más degradado y lejano del bulevar llamado rambla Santa Mónica, al lado del mar, de frente al ventarrón, sin sombra porque casi no hay árboles y con muy pocos turistas.

„Es el fin de las estatuas; delicadamente nos están pidiendo que nos vayamos“, dice Fabián mientras se quita esas pesadas alas de gárgola que dejarían a cualquiera con dolor de espalda. Después de toda una jornada bajo los rayos del estío, en su tarro no se ven billetes; sólo centavos que sumados no llegan a 20 euros. Muchos colegas se han ido ya a buscar mejores esquinas en Europa. Fabián prefiere actuar por las noches en una discoteca para completar sus ingresos porque tiene una familia que mantener y un oficio al que no quiere renunciar.

Ser estatua es un arte que no tiene precio, no se subasta, no se mete al museo, pero satisface la mirada y estimula la imaginación. Un arte que se compensa apenas con el estrépito que provoca la moneda al golpear el tarro de la colecta. Lo insólito es que en la vorágine de la crisis hasta “el suelto” se amarra y las monedas se atesoran como si fueran doblones de oro del rancio reino español.


Publicado el domingo 28 de julio de 2013 en el suplemento Generación de El Colombiano