LA DIOSA DEL RING



Las mujeres indígenas que practican la lucha libre se han 
convertido en un ícono de Bolivia. 
Algunas son explotadas como espectáculo para turistas, 
pero otras son emancipadas y valientes 
como Carmen Rosa, la diosa del ring.

Frente al espejo del camerino, Carmen Rosa le reza con la cabeza gacha al Señor Jesús del Gran Poder. Le sudan las manos, se muerde los labios, tiene miedo. Acaba de cumplir 40 años y su pelo trenzado ya tiene las raíces tan blancas como las nieves del Illimani. La edad es un factor de riesgo para el combate que tendrá en pocos minutos contra la temible Rosa la paceña.

Pero hoy el origen de sus miedos no está en la pelea sino en el desafío que enfrenta en las elecciones. Lleva dos meses haciendo campaña como candidata al Concejo Municipal de La Paz y al final de este día de comicios sabrá si alcanza el triunfo político.  Esta mujer aimara se ha propuesto ganar en las urnas y en el ring.

El público entretiene la espera al ritmo de la tecnocumbia. Las mujeres bailan, los niños corretean y los hombres amasan bolas de hoja de coca que se meten bajo el cachete para ir mascando durante toda la tarde. Por diez bolivianos (unos 2.500 pesos) una familia entera tendrá diversión por tres horas. El precio equivale a diez pasajes de bus urbano o al valor de una botella de agua en un hotel de lujo.

La canción de Rocky III, “Eye of the tiger”, anuncia con su rasgueo eléctrico el inicio del espectáculo. Carmen Rosa desfila con altivez exhibiendo su pollera dorada de cuatro enaguas, la manta de lentejuelas que le trae suerte, el sombrero bombín que aún paga por cuotas y el cinturón que la acredita como campeona nacional de lucha femenina.

Ya en el cuadrilátero, su sonrisa pícara adornada con incrustaciones de oro en los dientes frontales se transforma repentinamente en las fauces de una leona. Ningún espectador se imaginaría que tras su gesto bravucón hay un corazón que late de nervios a la velocidad de un ventilador.

En cuanto el árbitro dé la orden, empezará la pelea…


Espíritu indomable
La pose desafiante de Carmen Rosa es el resultado de un vida rebelde. Desde la infancia aprendió el oficio familiar de recolectar hoja de coca en el Valle de los Yungos de donde son sus raíces y se gastó la juventud entre las cuatro cosechas anuales que deja esta planta sagrada; sin embargo, se aburrió de la rutina y contra el mandato de su padre agricultor se fue a La Paz a probar suerte como artesana.

En la ciudad conoció a Oscar Cahuasa a quien convirtió en su marido, en padrastro de su primogénita, en socio de su negocio de bisutería y en coautor de su hijo Bismarck, bautizado así en honor al legendario luchador mexicano que alguna vez doblegó a Santo “el enmascarado de plata”.

Hace una década, cuando sus niños lograron por fin saltar a la adolescencia, Carmen Rosa desempolvó su sueño de ser luchadora: no del estilo deportivo que se ve en los olímpicos sino del arte acrobático con toque teatral. Sus nuevos colegas recelaron de su condición femenina, indígena y de pollera, y su propio marido se opuso cuando empezó a ver a su mujer descalabrada por la muenda que aguantaba en la tarima.

Sin embargo, ella esquivó los reproches con la misma fortaleza que la hizo invulnerable a los golpes. Dejó el trabajo, mejoró en cada entrenamiento y se unió a un empresario con buen ojo para los negocios que vio en la pelea de mujeres de pollera un acto exótico para atraer turistas. El hombre rebautizó la función con el nombre de “Cholitas Voladoras” y montó toda una industria de espectáculo rudo en el multifuncional de la población de El Alto.


La estrategia tuvo éxito inmediato, los extranjeros inundaron de dólares la taquilla y las agencias de viajes diseñaron costosas excursiones para sumergir a sus clientes en lo más hondo de la cultura popular. Pero el empresario amarraba la plata mientras las luchadoras se ganaban los moretones.
Carmen Rosa se indignó al ver que el salario no mejoraba, que les incumplían la promesa de obtener seguridad social y que la fama no le rentaba ni un poquito al bolsillo; por eso armó una disidencia y fundó la asociación de mujeres luchadoras “Las Diosas del Ring” por el orgullo, la identidad y el respeto.

Con ella se fueron Yolanda “la amorosa”, Julia “la paceña”, Claudina “la maldita”, Rosita “la rompecorazones” y Anita “la vengadora”. Fue tal la rabia del empresario con esta fuga que rebautizó a la luchadora más corpulenta que le quedó en su negocio con el nombre de Carmen Rosa. Desde entonces, nuestra protagonista se presenta como Carmen Rosa “la verdadera”.
En lugar de actuar para los turistas, Las Diosas del Ring convocan a la gente del barrio en el coliseo Villa Victoria de La Paz. Su nuevo manager es “Criatura de Dios”, un hombre de 90 centímetros que se presenta formalmente con el apodo de Chucky (por el muñeco de la película) y que no voltea a mirar si se le llama por su nombre de pila que es Cresencio.

Chucky se convirtió en el luchador más famoso del país el pasado mes de marzo cuando, en pleno día del padre, su joven esposa que casi le dobla la estatura dio a luz a su primer hijo. El periódico más leído de Bolivia que se llama La Razón les dio primera página.

Empieza la lucha…


“Criatura de Dios” da la señal y empieza la pelea. Carmen Rosa revienta en un tornado de patadas voladoras para provocar a Julia la paceña quien devuelve la amenaza con una rutina de puños al aire. Las dos luchadoras corren por el entablado, agarran impulso y se empujan como fieras.


Bismarck observa la lucha, pero su atención está pegada a la emisión de los resultados electorales por la radio. Estos comicios de 2010 son históricos no sólo para su mamá candidata sino para todo Bolivia puesto que por primera vez se eligen gobernadores y asambleístas por voto popular, al tiempo que se promueve mayor autonomía indígena en las Alcaldías y Concejos.

Carmen Rosa deja que la paceña la inmovilice con una llave de judo, por andar distraída pensando en política. Sueña ser concejala para traerle seguridad a su barrio y evitar que la comunidad, ante la falta de fuerza pública, siga linchando a los delincuentes bajo la sentencia: “ladrón pillado será quemado”.

La bandera de esta luchadora es el respeto a la vida; y justamente por ese contraste entre su liderazgo pacifista y su rudeza en el cuadrilátero fue escogida como protagonista de la cinta estadounidense “Las mamachas del ring” y de la película alemana “Cholita Libre” que se estrenará en el festival de cine de Locarno.


Julia aprovecha el nerviosismo de su competidora para lanzarse encabritada contra ella con la fuerza de un huracán. El público se queda sin aliento: Carmen vuela piernas arriba, trenzas abajo, enaguas al viento y se enrosca en vuelta de carnero hasta caer estrepitosamente sobre los tablones del escenario.

Tendida en el piso y aplastada por su rival, Carmen Rosa piensa que su dolor físico tiene su recompensa. Gracias a la lucha libre ha sido aplaudida en el extranjero, ha montado en avión y ha conocido el mar, aunque la ganancia es tan poca que para pagar el cuarto donde vive con su familia tiene que vender almuerzos ejecutivos por un dólar en un kiosko de comidas.

La campeona se siente agotada. Para rematar, su hijo Bismarck le da a entender por señas que la radio no trae buenas noticias sobre las votaciones. El público grita: “que se rinda, que se rinda”. La predecible derrota en las urnas la tiene a punto de capitular en el ring. Pero, ¿por qué rendirse?, piensa. Ya vendrán otras elecciones y otra esperanza. Hace diez años una mujer de pollera como ella sólo aspiraba al servicio doméstico y hoy puede ser luchadora, candidata y dirigente.

Con este pensamiento como ilusión, Carmen Rosa se levanta, despliega una coreografía de golpes, ejecuta un salto mortal que le da el triunfo sobre Julia la paceña y con los brazos en alto lanza el grito de batalla que todo boliviano lleva en el corazón desde los tiempos de la guerra contra Chile: “¿Qué me rinda yo? Que se rinda su abuela, carajo”. 


Crónica publicada en el suplemento Generación del periódico El Colombiano, el 25 de abril de 2010. En la foto:  "Puño letal" junto a Carmen Rosa, nuestra diosa del ring.


La cicatriz del muro en los rostros de Berlín

Hace 20 años cayó el Muro
Los apellidos son una de las claves para descubrir la esencia de los pueblos. Los del portugués, por ejemplo, se regodean en la naturaleza de forma poética; y si nos empeñáramos en traducirlos, el presidente Lula sería el doctor Calamar, Paulo Coelho sería el escritor Conejo y el temible traficante Fernandinho Beira-mar no pasaría de ser Fernandito a la vera del mar.
Por el contrario, los apellidos alemanes designan a su gente de forma práctica y sin mucha lírica según los oficios de un mercado laboral.  Los cuatro apellidos que llenan más páginas en el directorio telefónico son de mayor a menor: Müller (molinero), Schmidt (herrero), Fischer (pescador) y Schneider (sastre).
Sospecho que ese pragmatismo de los alemanes, evidente en sus nombres y en su manera de hablar sin rodeos, de negociar sin regateo y de celebrar sin ostentación, es el impulso que los ha rehabilitado tras dos guerras mundiales y una guerra fría. Del último golpe representado en el Muro de Berlín apenas si queda un moretón.
Queda poco Muro
En estas semanas han llegado a la capital alemana muchos turistas que se bajan de sus buses en estampida, afanados por celebrar el ritual de sonreír y posar para una foto frente al mítico Muro de Berlín. Se apiñan alrededor de un guía, ronco ya de repetir tantas veces una estadística amarga: en 28 años de Muro, al menos 136 personas de la Alemania oriental murieron en el intento de escapar hacia el occidente desde Berlín.
El Muro es el gran símbolo de la Guerra Fría y su caída impulsó el desmantelamiento de los totalitarismos en la Europa del Este. Sin embargo, de él queda muy poquito. Muchos pedazos han sido arrancados por los visitantes que quieren guardar un recuerdo, por los mercachifles que venden retazos de memoria por un euro o por las compañías constructoras que no entienden de patrimonio a la hora de hacer negocio.
Lo más sorprendente es que el Muro sirve hasta de souvenir para los visitantes ilustres. Mientras en otros lados se entregan “las llaves de la ciudad” o algún libro conmemorativo, aquí el alcalde le obsequió hace poco al hombre relámpago Usain Bolt un bloque de Muro original de tres toneladas de peso y tres metros de altura en honor a sus medallas en el Mundial de Atletismo; un regalito imposible de cargar en el equipaje de mano que llegará en barco hasta Jamaica. 
Los turistas regresan a sus buses un tanto desilusionados porque el cine les había pintado una muralla aterradora y hoy se encuentran con un paredón que cumple sin aspavientos su papel de testigo de la historia. Lo que quizás no entienden estos viajeros de vuelta al mundo en ocho días es que Berlín no vive de sacarle plata a una ruina sino de su asombrosa capacidad para volverse a levantar. 
Un museo viviente
Berlín es una ciudad tan verde que si juntáramos todos sus parques tendríamos uno del tamaño de Medellín; y tan desinhibida, que no hay lío en desnudarse para disfrutar un baño de sol en sus zonas verdes. Tiene avenidas enormes diseñadas por sus antiguos verdugos como pasarela para los desfiles marciales y una arquitectura de vanguardia contrastada con monumentos de los tiempos imperiales de Federicos y Guillermos.
Pero en medio de todo este brillo y de toda la plata que ha invertido Alemania en devolverle a la capital su antiguo esplendor, lo que resulta aún más fascinante es que en algunos barrios, donde aún no ha llegado esa ola renovadora, todavía se pueden encontrar edificios centenarios con las fachadas completamente agujereadas por las balaceras de la Segunda Guerra Mundial. 
Esas paredes rotas de aspecto moribundo con ventanas desvencijadas podridas por la humedad revelan las heridas de una ciudad condenada tantas veces a la desgracia, y nos recuerdan la época en que una ideología dominó la voluntad de un pueblo y lo arrastró a la barbarie.  
Edificios así no aparecen en las guías de viajes aunque tienen más valor testimonial que cualquier foto de museo; por eso, quien visita a Berlín con paciencia logra descubrir otros “muros” que conjuran el pasado, como la cárcel amurallada de la policía secreta Stasi, la cual se conserva intacta en recuerdo de los 250.000 presos políticos que tuvo la República Democrática Alemana en sus 41 años de existencia.
A diferencia de otras cárceles que haya visto, esta tiene como particularidad un bloque entero con 230 cuartos de interrogación que bien se podrían imaginar todos aquellos que hayan visto la película ganadora del Oscar La Vida de los Otros. Los antiguos presidiarios trabajan hoy como guías del penal para evitar que se borre la memoria de la represión.
Mi guía es un veterano intelectual que fue arrestado por tratar de escapar al occidente. Su voz se quiebra cuando recuerda a un carcelero de gesto adusto y trato áspero que en las noches pasaba por su celda, cada media hora, para revisar que estuviera durmiendo boca arriba con las manos sobre la sábana. Este guardián de sus pesadillas se montó hace unos años en su mismo tranvía, y al reconocerlo, el guía se paralizó como un juguete que se queda sin batería. El reencuentro con el victimario ha sido el trauma más difícil de superar.
La protesta pacífica
La historia de Berlín: cruel y solidaria; amarga y esperanzadora, ha moldeado una sociedad donde el sentido de progreso convive con la necesaria rebeldía.
Ese espíritu contestatario se adivina en los grafitis que tachan la esmerada ornamentación de la mayoría de los edificios; en los punkis de atuendo estrafalario que rechazan la pulcritud de un país donde impera el orden; y en los indigentes que, sin aguantar hambre como los del mundo pobre, se desparraman en las aceras con su familia de perros a contrariar el acelerado mundo de la productividad. Lo particular es que reciben muchas monedas, no por piedad de su vagancia sino por compasión con los animales porque aquí los perros gozan de cochecito, ropa y guardería como los bebés.
A la capacidad ciudadana de convertir la inconformidad en Revolución Pacífica se le atribuye el movimiento social que tumbó el Muro hace 20 años. Esa tradición de protesta no violenta quedó tan arraigada que al menos una vez por semana hay alguna marcha en Berlín y es común que los padres lleven a los niños para sembrar en ellos el hábito de la expresión pública.  Antes protestaban contra la restricción de libertades, ahora lo hacen principalmente contra la contaminación del planeta que heredarán sus hijos.
Sin embargo, no todas las marchas son bien recibidas. Hace un par de semanas unos 750 jóvenes de ideología nacionalsocialista, señalados popularmente como neonazis por su doctrina de racismo y rechazo al migrante, desfilaron por el centro vestidos de negro desde la gorra hasta las botas para protestar por la golpiza que había recibido uno de sus miembros.
La marcha era lícita porque el derecho de reunión es constitucional y porque el discurso se cuidaba del delito de exaltar a Hitler. Pero por más legal que fuera, cientos de ciudadanos salieron a las calles para oponerse a sus arengas, para abuchearlos y para recordarles que el país quedó hastiado del fascismo; casi todos traían colgado del cuello un silbato grande como de árbitro de fútbol cuyo sonido al unísono daba la idea de un país entero chiflando la insensatez.
Es cierto que los fascistas son menos que una minoría; y es cierto también que sólo tienen alguna presencia política en pueblos encerrados y empobrecidos de la antigua Alemania oriental. No obstante, el ruido que hacen sus seguidores sumado al cubrimiento que les dan los medios de comunicación hacen que su movimiento parezca mayor de lo que realmente es.
Conmemoración sin pompa
En esta época de conmemoración de la caída del Muro, basta encender la tele para encontrar a cualquier hora en algún canal Adiós a Lenin, una película que los berlineses adoran porque retrata con humor y fina ironía el cambio de sistema.
En la radio suenan los éxitos ochenteros de Pink Floyd, Michael Jackson, Bruce Springsteen y tantos otros artistas que con sus canciones también ayudaron a tumbar un pedacito de Muro. Muchos lo hicieron por solidaridad, pero otros aspiran a mayores reverencias, como el musculoso David Hasselhoff -galán de los enlatados Guardianes de la Bahía y El auto fantástico- quien se indignó al no ver fotos suyas en los museos y exigió que colgaran alguna en gratitud por un concierto que ofreció en los tiempos de la división.
El 9 de noviembre de 1989 miles de berlineses se plantaron a lado y lado de la Puerta de Brandenburgo y lograron derribar sin violencia las barreras que los separaban. En recuerdo de su valentía hoy se realizan actos culturales y jornadas de la memoria que invitan más a la reflexión que a la fiesta patriotera. Atrás quedaron los discursos enardecidos, los desfiles militares y las bandas marciales. La historia les ha enseñado a los alemanes a usar la palabra “patria” con prudencia, a no disfrazar de “nacionalismo” el temor por el vecino y a no desgastar el uso de una bandera.

El reto de este aniversario es empujar la economía en las regiones del lado oriental donde muchas personas, rezagadas del progreso tras la reunificación alemana, han empezado a añorar su antiguo régimen de influencia soviética con un sentimiento de “Ostalgia” (nostalgia del Este). En Berlín, por ejemplo, el mapa electoral delata una metrópoli que en términos políticos sigue partida en dos: medio Berlín votó por la izquierda y la otra mitad votó por los cristianos demócratas.
Sin embargo, esa distancia política no tiene ningún impacto en la convivencia ciudadana. El berlinés no te pregunta tu partido para ofrecerte un empleo ni te recibe con un portazo sólo por ser extranjero; por el contrario, es cosmopolita, abierto y conciliador, digno merecedor del premio Príncipe de Asturias a la Concordia que le fue otorgado.
Para descubrir el encanto de la Berlín actual basta con caminar sin rumbo y sin libreto puesto que la ciudad se ha preocupado por instalar placas, monumentos o audioguías en varios idiomas en cada pequeño rincón donde hubiera ocurrido algo relevante en tiempos de la guerra o de la revolución pacífica.
Vale la pena también matricularse por un día en la doctrina ambiental de sus habitantes y seguir su costumbre de moverse en bicicleta, un hábito que les ha activado tanta pericia que incluso he visto mujeres que dejan el manubrio suelto para limarse las uñas de las manos mientras pedalean a toda velocidad.
El rito de iniciación para involucrarse con Berlín incluye la visita a sus mercados de las pulgas, a sus bares sin música y a los muchos ventorrillos que ofrecen como manjar la tradicional salchicha curry al estilo berlinés: un embutido en trocidos ahogado en salsa de tomate con guarnición de papa frita, similar a esa delicia que con el nombre de “choripapa” se come en el centro de Medellín.

¡Saluditos desde Berlín!
Crónica publicada el domingo 1 de noviembre en el suplemento Generación del periódico El Colombiano

HOY NO ME PUEDO LEVANTAR

UNA CRÓNICA APTA SÓLO PARA FANÁTICOS DE MECANO


La primera estrofa del himno de los optimistas dice que todos los sueños están al alcance de la mano y que basta con desear algo de corazón para que, con tan sólo un chasquido de dedos, el deseo se materialice como por milagro del genio de la lámpara.

Si me permitieran cantar ese himno con la certeza de ver convertido en realidad mi sueño más profundo probablemente no invocaría la paz del mundo porque al fin y al cabo ya hay demasiados presidentes, profetas y reinas pidiendo lo mismo sin ningún resultado satisfactorio; quizás tampoco materializaría el amor eterno porque en todo caso lo que mantiene viva una relación no es la seguridad del afecto sino el empeño en no perder el interés del otro.

Aún a riesgo de ser juzgada por mi atrevida frivolidad, lo único que pediría es aparecer de pronto, por obra y gracia del chasquido, en la primera fila, ubicación centro, con amigos de juventud, en un concierto del grupo Mecano.

Pero eso no va a suceder, y por eso prefiero unirme con regularidad al coro de los pesimistas. Nacho Cano, José María y Ana Torroja dieron su último concierto hace exactamente 17 años en un septiembre tibiecito como este. Desde entonces anunciaron su disolución y han mantenido su palabra, aún cuando han pasado por malos negocios, divorcios millonarios o multas exorbitantes por evasión de impuestos que han diezmado las ganancias que alcanzaron juntos. Esa palabra sellada los diferencia de bandas como los Soda Estéreo que ya tienen la costumbre de ejecutar cada cinco años un concierto de despedida, con la promesa de que será el último, para poder cobrar más caro por las boletas y así empujarnos a que les paguemos por adelantado la jubilación.

Mecano fue el grupo de las primeras conquistas, de la tusa adolescente, de las fiestas de garaje, de las tertulias de viernes. Compré todos sus discos en la época del vinilo y los volví a comprar en los tiempos del aluminio; me aprendí de memoria sus letras, canté sus éxitos en las juergas de primíparos y recité sus estrofas en las tabernas de universitarios. Sin embargo, a pesar de mi evidente fanatismo y de las mesadas que invertí en comprar sus afiches, nunca pude verlos en concierto. En Medellín no estuvieron, y lo único que recuerdo de su paso por Colombia fue una malograda interpretación de Me cuesta tanto olvidarte a punta de doblaje en el Show de Jimmy, con entrevista posterior orientada por los meros Recochan Boys.

Para calmar la nostalgia de Mecano después de la ruptura del grupo le gasté boleta a un concierto de Ana Torroja, pero su voz me sonó hueca sin la guitarra de José María y sin los teclados de Nacho. A este último le compré su primer disco en solitario, pero extrañé las letras de su hermano y el tonito agudo de la amiga. En fin, con el paso del tiempo mi sueño juvenil de verlos en vivo se vinagró…


Pero, amigos, el fin de semana pasado experimenté algo así como una redención eufórica cuando me encontré con más de 200 fanáticos de Mecano en una función del musical Hoy No Me Puedo Levantar que está de gira por Barcelona. Quienes nos declaramos entusiastas seguidores del grupo reconocemos en esta canción no sólo su primer sencillo sino la expresión de unos muchachos españolitos que en plena época de transición a la democracia y justamente en el año del golpe militar decidieron abrir su boca… para cantar sobre frivolidades, es cierto; pero por lo menos abrieron la boca.

Es el año 1981. La dictadura aún extiende sus garras como un león rabioso, apenas amarrado con un lazo, que amenaza con sus rugidos la estabilidad de una democracia en proceso de restauración. El miedo silencia a muchos pero el poder de los artistas impulsa la revolución cultural que hacía falta para consolidar el sistema político.

Mientras los cantautores, tipo Serrat y Aute, siguen denunciando la barbarie para que las historias de represión no se repitan, en Madrid se cuece un movimiento que se conocería después como “La Movida” y que incluye las películas de un director en ciernes que empieza a romper los tabúes de una sociedad solapada (Pedro Almodóvar), los diseños de una jovencita que se atreve a ponerle color a la ropa de un país acostumbrado a vestir de negro (Ágatha Ruiz de la Prada) y la música de cantantes que con letras desparpajadas y pintas extravagantes vaticinan el derrumbe del pundonor en el reino de la mojigatería (Alaska, entre muchos otros). Un cocido madrileño con sabor a cambio y libertad.



El ambiente de ese convulsionado año 1981 es el pretexto para el libreto del musical Hoy no me puedo levantar basado en las canciones del grupo Mecano. Todas las sillas de terciopelo carmesí del teatro Tívoli están ocupadas. Sus palcos de estilo barroco con molduras doradas registran lleno total, al igual que la platea. El público aguarda en silencio el inicio de la obra, luego estalla en aplausos cuando el protagonista sale a escena, repite el jolgorio cuando aparece el actor secundario y revienta en gritos cuando suena la primera canción. La gente está emocionada, aplaude y aplaude sin considerar que todavía faltan tres horas y media de palmoteo.



Los protagonistas del novelón se llaman Mario y María y trabajan en un bar llamado “El 33”, homenaje legítimo a Cruz de Navajas. El conflicto del chico es conquistar la fama y el drama de ella es conquistarlo a él. Alrededor de ellos otros personajes enfrentan los problemas de la época como llegar a la gran ciudad, salir del clóset, dejar las drogas, evitar el sida y alcanzar el sueño de convertirse en Rolling Stone. (No más detalles de la dramaturgia para no dañarles la sorpresa si ven la obra).

En el teatro hay muchos niños. Se nota que les encanta la primera etapa de Mecano porque cantan a coro canciones como Maquillaje, Me colé en una fiesta o Perdido en mi habitación, escritas casi todas por Nacho Cano. Particularmente prefiero las letras de José María porque son cuentos breves (Aire, Hijo de la Luna, Mujer contra Mujer o Naturaleza Muerta) con un manejo genial del idioma… que tal la frase “Amar es el empiece de la palabra Amargura”.

Entono las canciones desde mi sillita de terciopelo mientras miro a lado y lado para ver si soy el único mosco en leche que canta a grito herido. Una vez y otra vez compruebo dos asuntos importantes: primero, que a los españolitos de mi generación tampoco les da pena tararear en voz alta las canciones con las que crecieron; y segundo, que pese a mi devoción por el grupo hay fanáticos más fanáticos que yo.



En 200 minutos de espectáculo tienen cabida casi todas las canciones que conocemos. Lloramos con el drama de Quédate en Madrid, nos enrumbamos con Hawaii Bombay, soñamos con Dalí y nos reímos con las ocurrencias de No es serio este cementerio. Aunque en estas obras los asistentes no suelen pararse a bailar, hay un momento de euforia total cuando la compañía entera canta y baila Un año más. Del techo caen serpentinas, desde los balcones se desperdiga confeti, el público brinca y se abraza como si de verdad el año nuevo hubiera llegado ya y el ambiente de celebración es tan genuino que no es posible contener las lagrimitas de más.



Para ser justos con el arte, hay que decir con honestidad y sin vinagrar la crónica que el libreto tiene aires de sociodrama escolar, que los cantantes apenas si clasifican para un reality de novatos, que las coreografías son tan simples como una rutina de aeróbicos en el gimnasio y que las escenografías distan mucho de acercarse a Broadway, a pesar de que la boleta vale lo que en Nueva York.

A pesar de todo esto, los personajes resumen tan bien el espíritu de los que crecimos en los años ochenta que la obra termina siendo un retrato inolvidable de nosotros mismos. Nunca lograré ver un concierto de Mecano ni aún entonando cien veces el himno de los optimistas, pero al menos esta comunión de fanáticos nostálgicos reunidos en Barcelona por la fuerza del destino me hizo vivir la ilusión de estar al frente del trío que supo describir con melodías y letras las confusiones de mi juventud.

Aquí los dejo con el video de La Fuerza del Destino. Nacho Cano y Penélope Cruz

La herencia del gavilán pollero

50 años después de su muerte Pedro Infante sigue sumando devociones

(Pedrito canta Ella en la película El Gavilán Pollero, mira el video antes de leer la crónica)

La vida del profesional consiste en coleccionar pergaminos, cartones y carnés. Los primeros certifican el estatus, los segundos dan fe de las miles de horas invertidas en recibir capacitaciones casi siempre inútiles, y los terceros nos convierten en un código de barras que aseguran que hacemos parte de algo. De ese portafolio de cartulinas y retazos de pasta hay un documento que aprecio por encima de todos: el papelito plastificado que me acredita como socia del Club de Admiradores de Pedro Infante, fundado en México en 1953.

Pedro Infante se instaló en mi vida como herencia de su seguidor más devoto: mi papá. Sigifredo Marín era un hombre de campo, dichararachero, aventurero y enamorado que cambió el azadón por el cine. Cuando estaba en su adolescencia, en plena década del cuarenta, asistió a la proyección de una película mexicana en el parque de Pueblorrico, programada por un gamonal interesado en atraer simpatías hacia su partido político. A Sigifredo de la filiación política no le quedó nada, pero todas esas imágenes de charros guapos, divas ariscas, serenatas, cabalgatas y peleas, envueltas en un guión de melodrama, cambiaron su vida.

Se empezó a robar los huevos de la gallina de la abuela para financiar los viajes hasta Jericó, donde ya había proyecciones permanentes de cine. Luego se convirtió en el lazarillo de un tullidito (así llamaba él a don Juan sin piernas) que le pagaba la boleta de entrada al teatro siempre y cuando lo cargara en una silleta durante toda la semana. Finalmente decidió ser empresario y compró una máquina de proyección, que transportaba a lomo de mula por las montañas de Antioquia, para llevar el cine de pueblo en pueblo.

Pero escogió una mala época para comenzar su negocio. Era el final de la década del cuarenta. La violencia política encerraba a la gente en sus casas y el temor dejaba sin público las proyecciones de cine. Su experiencia como proyeccionista itinerante era entonces una curva de bonanza y bancarrota.

 Por eso mi papá nunca olvidaría el día en que estrenó Nosotros los Pobres. En esa época estaba tan “líchigo” que no le alcanzaba ni para tomarse un agua de toronjil en las fondas, y pasaba días enteros a punta de sirope -una mezcla de miel de panela con escencia de rosa y canela-. Tuvo que empeñar su radio; alquiló un traje en la sastrería del “Pobre Luis” para la noche de gala; dejó el reloj de pulso en la distribuidora como prenda de garantía para llevarse la película; se alzó al hombro doce rollos de cinta que pesaban 36 kilos, y se abrió camino hasta uno de los municipios más prósperos por ese entonces: Amalfi.

Instaló su máquina en el patio de la Alcaldía, y entre los troncos de dos árboles amarró un telón rectangular, curtido y lleno de remiendos. Al caer la noche había 200 personas sentadas esperando la función y una turbamulta empujaba el portón para intentar entrar. A las 7 de la noche, el sonido de la máquina opacó el barullo de los espectadores, las primeras imágenes distrajeron a los enamorados y apareció en la pantalla el ídolo de México: Pedro Infante.

Pedro hacía el papel de un carpintero guapo y vivaracho al que ni siquiera la miseria le había arrebatado la esperanza. Su personaje, Pepe el Toro, sufre la muerte de su madre paralítica, la deshonra de una traición, la tristeza de una hermana prostituta, la ira de una hija que descubre que es adoptada, la calamidad de la pobreza y hasta una temporada en la cárcel por un crimen que no cometió. En medio de tanta tragedia, Pepe saca fuerzas para arrancarle suspiros al público con su interpretación de “amorcito corazón”, un tema romántico de Manuel Esperón y Pedro de Urdimalas, compuesto especialmente para esta historia.

La película fue todo un fenómeno. En México tuvo el récord como cinta más taquillera hasta la década del noventa; en Antioquia creó una devoción por Pedro Infante; y a mi papá no sólo le espantó el hambre sino que le permitió ahorrar un capital para comprarse unas máquinas más sofisticadas.


La influencia del Mil Amores
Las penurias de este carpintero humilde y honrado continuaron en Ustedes los Ricos y Pepe el Toro. La segunda película de la trilogía es un hito de aquel cine de arrabal que contaba las historias de los barrios marginales de la ciudad de México.  En la escena más dramática Pepe entra a su casa que está en llamas para rescatar a su hijo "el Torito", pero lo encuentra incinerado en un rincón.  Lo cubre con una manta y desahoga su tristeza en un ataque histérico de carcajadas y lágrimas que aún hoy conmueve a las nuevas generaciones de mexicanos que ven las películas de Infante por televisión.

Según contaba Sigifredo, cada noche había que sacar por lo menos a tres personas de la sala por asfixia, desmayo o porque su llanto adolorido no dejaba concentrar a los demás en la película. Las ganancias que reportó esta trilogía no quedaron sólo en los bolsillos del proyeccionista: los alcaldes de los pueblos exigieron más participación por las utilidades, las casas de caridad recibieron una contribución más generosa para los huérfanos de la violencia y los curas consiguieron un diezmo más nutrido para las reparaciones de los templos.

Los sacerdotes de los pueblos por los que anduvo Sigifredo con su entable del cine eran implacables con las películas de las llamadas “rumberas” y con las escenas de amor que protagonizara María Félix. La tijera censuradora de la Iglesia dejaba tan recortadas las películas que, a decir de los proyeccionistas, “la cinta quedaba como una camándula”. Por el contrario, las historias de Pedro Infante eran por lo general recomendadas para el mantenimiento de las buenas costumbres . Sólo una saga compuesta por La oveja negra y No desearás la mujer de tu hijo mereció peroratas alarmistas desde el púlpito, con tan mala suerte para las ligas de la moral que la gente acudió de forma masiva a las funciones. El pulpitazo era la mejor publicidad: “cómo será de buena la película si el cura anda diciendo que es mala”.

La gente se identificaba con Pedro Infante por esa imagen de hombre sencillo que no sólo protagonizaba dramas campesinos y comedias rancheras sino también historias urbanas de amor y dolor. En sus 61 películas, filmadas en 14 años de vida artística, demostró cualidades para interpretar a un casto sacerdote y a un ranchero enamorado; a un campesino revolucionario y a un policía motorizado; a un cantante lírico y a un vagabundo trovador; a un desempleado y a un aristócrata; a un chofer, a un mecánico y hasta a un indígena oaxaqueño, por mencionar sólo algunos de sus papeles.

Muchos jóvenes aprendieron de Pedro una forma particular de desabrochar los sentimientos con la música. La serenata era el instrumento para despertar un amor, para congraciarse con la novia engañada, para expresarle el desprecio a la mujer traicionera y para pedirle perdón a la madre sufrida.  Por su parte, el concierto de despecho en la cantina servía para ahogar las penas en tequila, para vengar un desprecio en los brazos de otra güerita o para que un mariachi sentimental disuadiera al amante herido de hallar el olvido “al estilo Jalisco”.


Los muchachos de los pueblos aprendieron de este galán una forma de conquista que consistía en mostrar indiferencia para luego arrebatar besos sin mucho esfuerzo. El método parecía efectivo no sólo en la ficción sino también en la vida real. Pedro Infante se ganó la fama de “el mil amores” y “el gavilán pollero” por sus cuatro romances extramatrimoniales y otras relaciones furtivas que le dieron cinco hijas, tres hijos y una amenaza de excomunión.

La carrera de Pedro estuvo ligada a la visión del productor, guionista y director de cine Ismael Rodríguez quien, con la paciencia de los grandes maestros, supo arrancarle el carisma y la gracia a ese muchacho norteño que sin estudio, sin garbo y sin fortuna llegó a la capital mexicana a esquivar el anonimato.

Pedro Infante fue nominado cuatro veces al premio Ariel que entrega la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, y ganó en la cuarta postulación por su papel en La vida no vale nada. En 1957 compitió con Henry Fonda por el Oso de Plata como mejor actor en el Festival de Cine de Berlín, y se llevó la estatuilla por su interpretación del indio Tizoc. Pero le faltó vida para recibir este galardón.


De ídolo a Leyenda
Pedro Infante murió en un accidente aéreo el 15 de abril de 1957, a la edad de 39 años. Desde entonces, y como un homenaje a su ídolo, mi papá le prometió que no volvería a montar en avión, pero que intentaría hacer al menos una peregrinación a su tumba; sin embargo, los compromisos de la vida y las limitaciones de la edad le empezaron a embolatar el sueño de pagar su deuda de gratitud. Entonces decidí prestarle mis ojos para que cumpliera su promesa y organicé una gira con cámara de video al hombro por aquellos lugares donde su querido Pedro nació, creció, triunfó y murió.

En Mazatlán, a unas cuadras de la playa, hay una casa que siempre está de puertas abiertas para el visitante. La placa conmemorativa indica que allí nació Pedro Infante el 18 de noviembre de 1917. En una sala humilde con paredes pintadas de verde hospital se exhiben unas fotografías ya desteñidas del hijo más ilustre de este hogar. La dueña de casa mantiene una colección de cuadernos que guardan las firmas de los más de 20 mil admiradores que han pasado por allí.

Siguiendo la carretera de Sinaloa que conduce a la frontera con los Estados Unidos se llega a Guamúchil, un pueblo caliente y desértico que conserva el orgullo de haber visto crecer a Pedro Infante. Allí Pedro se aficionó a la música; aprendió a tocar la batería, la guitarra y el violín bajo la orientación de don Delfino, su papá; creó con sus amigos la orquesta La Rabia, compuesta además por el carnicero, el peluquero y el maestro del pueblo; y empezó a educar una voz que le dejaría 325 canciones al patrimonio musical de México.

En el otro extremo del país, sobre la tierra fértil de la región yucateca, se encuentra la ciudad de Mérida donde se estrelló el avión que copiloteaba Pedro Infante. En la casa que se reconstruyó sobre el lugar del accidente vive María Remigia García. 

Esta anciana recibe a los visitantes con un poema de su propia autoría que narra con detalles el trágico episodio donde murió su Pedrito. Le ha leído este texto a más de tres mil peregrinos y nunca ha terminado la lectura sin una pausa para llorar.


El amor por Pedro Infante se siente en cada una de las personas que custodian con cariño los lugares donde este hombre dejó una huella. No cobran nada, no piden nada, sólo agradecen que la gente todavía honre su memoria. Esa admiración se manifiesta de forma multitudinaria cada 15 de abril en el Panteón Jardín de México D.F. donde reposan los restos del artista. En esa fecha se reúnen de manera espontánea mariachis, bandas, tríos y personas de todas las edades que cantan frente a su tumba las canciones que dejó como legado. Llegan unas dos mil personas -aunque a veces son más según el aniversario- y cada una lleva en la mano una flor y una fotografía del actor. Nunca he visto una devoción tan genuina y, sobre todo, tan persistente.

La grabación de esta ruta -ambientada con aventura, tequila y canción- me ayudó a cumplir la promesa que le hizo a Pedro Infante uno de sus seguidores más leales: Sigifredo Marín; ese proyeccionista obstinado que no contento con coleccionar las películas de su Pedrito, conservar su música y recordarlo a diario se fue a hacerle compañía en otro accidentado mes de abril.

Crónica Publicada en el suplemento generación del periódico El Colombiano 

En la tumba de Pedro Infante con mi amiga Clarita










MIS FAVORITAS DE PEDRO

Cuando lloran los valientes (1945)
Director: Ismael Rodríguez
Pedro encarna los ideales de la revolución mexicana en un personaje trágico que antepone la lucha por la libertad al amor. El elenco incluye a Blanca Estela Pavón, Víctor Manuel Mendoza y al niño Joaquín Roche “El Pinolillo”.


Nosotros los pobres (1947)
Director: Ismael Rodríguez
La película que consolida a Pedro Infante como ídolo popular de México. Es una de sus primeras historias con tema urbano. Comparte la pantalla con Blanca Estela Pavón, Evita Muñoz “Chachita” y el extraordinario villano Miguel Inclán.


Los Tres Huastecos (1948)
Director: Ismael Rodríguez
Pedro encarna a tres hermanos separados por su oficio: uno es cura, otro es capitán del ejército y el tercero es un ranchero pendenciero. Divertida participación de Maria Eugenia Llamas “La Tusita” y de Fernando Soto “Mantequilla”.


Ustedes los ricos (1948)
Director: Ismael Rodríguez
Hito del melodrama que continúa la historia de Nosotros los pobres. Pedro Infante hace de nuevo hace el papel de carpintero pobre junto a “La Chorriada” Blanca Estela Pavón. El bolero ranchero “amorcito corazón” alcanza por fin el éxito.


A toda máquina (1951)
Director: Isamel Rodríguez
El díptico conformado por A.T.M. y ¿Qué te ha dado esa mujer? convierte a Pedro Infante y a Luis Aguilar en miembros del Escuadrón Acrobático de la Policía Motorizada que ven amenazada su amistad por el amor de una mujer.


Dos tipos de cuidado (1952)
Director: Ismael Rodríguez
Sólo un genio como Rodríguez fue capaz de juntar en una misma película a los dos artistas más grandes de la época de oro del cine mexicano: Pedro Infante y Jorge Negrete. Esta comedia de equívocos es una verdadera joya de colección. Me encanta.