HOY NO ME PUEDO LEVANTAR

UNA CRÓNICA APTA SÓLO PARA FANÁTICOS DE MECANO


La primera estrofa del himno de los optimistas dice que todos los sueños están al alcance de la mano y que basta con desear algo de corazón para que, con tan sólo un chasquido de dedos, el deseo se materialice como por milagro del genio de la lámpara.

Si me permitieran cantar ese himno con la certeza de ver convertido en realidad mi sueño más profundo probablemente no invocaría la paz del mundo porque al fin y al cabo ya hay demasiados presidentes, profetas y reinas pidiendo lo mismo sin ningún resultado satisfactorio; quizás tampoco materializaría el amor eterno porque en todo caso lo que mantiene viva una relación no es la seguridad del afecto sino el empeño en no perder el interés del otro.

Aún a riesgo de ser juzgada por mi atrevida frivolidad, lo único que pediría es aparecer de pronto, por obra y gracia del chasquido, en la primera fila, ubicación centro, con amigos de juventud, en un concierto del grupo Mecano.

Pero eso no va a suceder, y por eso prefiero unirme con regularidad al coro de los pesimistas. Nacho Cano, José María y Ana Torroja dieron su último concierto hace exactamente 17 años en un septiembre tibiecito como este. Desde entonces anunciaron su disolución y han mantenido su palabra, aún cuando han pasado por malos negocios, divorcios millonarios o multas exorbitantes por evasión de impuestos que han diezmado las ganancias que alcanzaron juntos. Esa palabra sellada los diferencia de bandas como los Soda Estéreo que ya tienen la costumbre de ejecutar cada cinco años un concierto de despedida, con la promesa de que será el último, para poder cobrar más caro por las boletas y así empujarnos a que les paguemos por adelantado la jubilación.

Mecano fue el grupo de las primeras conquistas, de la tusa adolescente, de las fiestas de garaje, de las tertulias de viernes. Compré todos sus discos en la época del vinilo y los volví a comprar en los tiempos del aluminio; me aprendí de memoria sus letras, canté sus éxitos en las juergas de primíparos y recité sus estrofas en las tabernas de universitarios. Sin embargo, a pesar de mi evidente fanatismo y de las mesadas que invertí en comprar sus afiches, nunca pude verlos en concierto. En Medellín no estuvieron, y lo único que recuerdo de su paso por Colombia fue una malograda interpretación de Me cuesta tanto olvidarte a punta de doblaje en el Show de Jimmy, con entrevista posterior orientada por los meros Recochan Boys.

Para calmar la nostalgia de Mecano después de la ruptura del grupo le gasté boleta a un concierto de Ana Torroja, pero su voz me sonó hueca sin la guitarra de José María y sin los teclados de Nacho. A este último le compré su primer disco en solitario, pero extrañé las letras de su hermano y el tonito agudo de la amiga. En fin, con el paso del tiempo mi sueño juvenil de verlos en vivo se vinagró…


Pero, amigos, el fin de semana pasado experimenté algo así como una redención eufórica cuando me encontré con más de 200 fanáticos de Mecano en una función del musical Hoy No Me Puedo Levantar que está de gira por Barcelona. Quienes nos declaramos entusiastas seguidores del grupo reconocemos en esta canción no sólo su primer sencillo sino la expresión de unos muchachos españolitos que en plena época de transición a la democracia y justamente en el año del golpe militar decidieron abrir su boca… para cantar sobre frivolidades, es cierto; pero por lo menos abrieron la boca.

Es el año 1981. La dictadura aún extiende sus garras como un león rabioso, apenas amarrado con un lazo, que amenaza con sus rugidos la estabilidad de una democracia en proceso de restauración. El miedo silencia a muchos pero el poder de los artistas impulsa la revolución cultural que hacía falta para consolidar el sistema político.

Mientras los cantautores, tipo Serrat y Aute, siguen denunciando la barbarie para que las historias de represión no se repitan, en Madrid se cuece un movimiento que se conocería después como “La Movida” y que incluye las películas de un director en ciernes que empieza a romper los tabúes de una sociedad solapada (Pedro Almodóvar), los diseños de una jovencita que se atreve a ponerle color a la ropa de un país acostumbrado a vestir de negro (Ágatha Ruiz de la Prada) y la música de cantantes que con letras desparpajadas y pintas extravagantes vaticinan el derrumbe del pundonor en el reino de la mojigatería (Alaska, entre muchos otros). Un cocido madrileño con sabor a cambio y libertad.



El ambiente de ese convulsionado año 1981 es el pretexto para el libreto del musical Hoy no me puedo levantar basado en las canciones del grupo Mecano. Todas las sillas de terciopelo carmesí del teatro Tívoli están ocupadas. Sus palcos de estilo barroco con molduras doradas registran lleno total, al igual que la platea. El público aguarda en silencio el inicio de la obra, luego estalla en aplausos cuando el protagonista sale a escena, repite el jolgorio cuando aparece el actor secundario y revienta en gritos cuando suena la primera canción. La gente está emocionada, aplaude y aplaude sin considerar que todavía faltan tres horas y media de palmoteo.



Los protagonistas del novelón se llaman Mario y María y trabajan en un bar llamado “El 33”, homenaje legítimo a Cruz de Navajas. El conflicto del chico es conquistar la fama y el drama de ella es conquistarlo a él. Alrededor de ellos otros personajes enfrentan los problemas de la época como llegar a la gran ciudad, salir del clóset, dejar las drogas, evitar el sida y alcanzar el sueño de convertirse en Rolling Stone. (No más detalles de la dramaturgia para no dañarles la sorpresa si ven la obra).

En el teatro hay muchos niños. Se nota que les encanta la primera etapa de Mecano porque cantan a coro canciones como Maquillaje, Me colé en una fiesta o Perdido en mi habitación, escritas casi todas por Nacho Cano. Particularmente prefiero las letras de José María porque son cuentos breves (Aire, Hijo de la Luna, Mujer contra Mujer o Naturaleza Muerta) con un manejo genial del idioma… que tal la frase “Amar es el empiece de la palabra Amargura”.

Entono las canciones desde mi sillita de terciopelo mientras miro a lado y lado para ver si soy el único mosco en leche que canta a grito herido. Una vez y otra vez compruebo dos asuntos importantes: primero, que a los españolitos de mi generación tampoco les da pena tararear en voz alta las canciones con las que crecieron; y segundo, que pese a mi devoción por el grupo hay fanáticos más fanáticos que yo.



En 200 minutos de espectáculo tienen cabida casi todas las canciones que conocemos. Lloramos con el drama de Quédate en Madrid, nos enrumbamos con Hawaii Bombay, soñamos con Dalí y nos reímos con las ocurrencias de No es serio este cementerio. Aunque en estas obras los asistentes no suelen pararse a bailar, hay un momento de euforia total cuando la compañía entera canta y baila Un año más. Del techo caen serpentinas, desde los balcones se desperdiga confeti, el público brinca y se abraza como si de verdad el año nuevo hubiera llegado ya y el ambiente de celebración es tan genuino que no es posible contener las lagrimitas de más.



Para ser justos con el arte, hay que decir con honestidad y sin vinagrar la crónica que el libreto tiene aires de sociodrama escolar, que los cantantes apenas si clasifican para un reality de novatos, que las coreografías son tan simples como una rutina de aeróbicos en el gimnasio y que las escenografías distan mucho de acercarse a Broadway, a pesar de que la boleta vale lo que en Nueva York.

A pesar de todo esto, los personajes resumen tan bien el espíritu de los que crecimos en los años ochenta que la obra termina siendo un retrato inolvidable de nosotros mismos. Nunca lograré ver un concierto de Mecano ni aún entonando cien veces el himno de los optimistas, pero al menos esta comunión de fanáticos nostálgicos reunidos en Barcelona por la fuerza del destino me hizo vivir la ilusión de estar al frente del trío que supo describir con melodías y letras las confusiones de mi juventud.

Aquí los dejo con el video de La Fuerza del Destino. Nacho Cano y Penélope Cruz

La herencia del gavilán pollero

50 años después de su muerte Pedro Infante sigue sumando devociones

(Pedrito canta Ella en la película El Gavilán Pollero, mira el video antes de leer la crónica)

La vida del profesional consiste en coleccionar pergaminos, cartones y carnés. Los primeros certifican el estatus, los segundos dan fe de las miles de horas invertidas en recibir capacitaciones casi siempre inútiles, y los terceros nos convierten en un código de barras que aseguran que hacemos parte de algo. De ese portafolio de cartulinas y retazos de pasta hay un documento que aprecio por encima de todos: el papelito plastificado que me acredita como socia del Club de Admiradores de Pedro Infante, fundado en México en 1953.

Pedro Infante se instaló en mi vida como herencia de su seguidor más devoto: mi papá. Sigifredo Marín era un hombre de campo, dichararachero, aventurero y enamorado que cambió el azadón por el cine. Cuando estaba en su adolescencia, en plena década del cuarenta, asistió a la proyección de una película mexicana en el parque de Pueblorrico, programada por un gamonal interesado en atraer simpatías hacia su partido político. A Sigifredo de la filiación política no le quedó nada, pero todas esas imágenes de charros guapos, divas ariscas, serenatas, cabalgatas y peleas, envueltas en un guión de melodrama, cambiaron su vida.

Se empezó a robar los huevos de la gallina de la abuela para financiar los viajes hasta Jericó, donde ya había proyecciones permanentes de cine. Luego se convirtió en el lazarillo de un tullidito (así llamaba él a don Juan sin piernas) que le pagaba la boleta de entrada al teatro siempre y cuando lo cargara en una silleta durante toda la semana. Finalmente decidió ser empresario y compró una máquina de proyección, que transportaba a lomo de mula por las montañas de Antioquia, para llevar el cine de pueblo en pueblo.

Pero escogió una mala época para comenzar su negocio. Era el final de la década del cuarenta. La violencia política encerraba a la gente en sus casas y el temor dejaba sin público las proyecciones de cine. Su experiencia como proyeccionista itinerante era entonces una curva de bonanza y bancarrota.

 Por eso mi papá nunca olvidaría el día en que estrenó Nosotros los Pobres. En esa época estaba tan “líchigo” que no le alcanzaba ni para tomarse un agua de toronjil en las fondas, y pasaba días enteros a punta de sirope -una mezcla de miel de panela con escencia de rosa y canela-. Tuvo que empeñar su radio; alquiló un traje en la sastrería del “Pobre Luis” para la noche de gala; dejó el reloj de pulso en la distribuidora como prenda de garantía para llevarse la película; se alzó al hombro doce rollos de cinta que pesaban 36 kilos, y se abrió camino hasta uno de los municipios más prósperos por ese entonces: Amalfi.

Instaló su máquina en el patio de la Alcaldía, y entre los troncos de dos árboles amarró un telón rectangular, curtido y lleno de remiendos. Al caer la noche había 200 personas sentadas esperando la función y una turbamulta empujaba el portón para intentar entrar. A las 7 de la noche, el sonido de la máquina opacó el barullo de los espectadores, las primeras imágenes distrajeron a los enamorados y apareció en la pantalla el ídolo de México: Pedro Infante.

Pedro hacía el papel de un carpintero guapo y vivaracho al que ni siquiera la miseria le había arrebatado la esperanza. Su personaje, Pepe el Toro, sufre la muerte de su madre paralítica, la deshonra de una traición, la tristeza de una hermana prostituta, la ira de una hija que descubre que es adoptada, la calamidad de la pobreza y hasta una temporada en la cárcel por un crimen que no cometió. En medio de tanta tragedia, Pepe saca fuerzas para arrancarle suspiros al público con su interpretación de “amorcito corazón”, un tema romántico de Manuel Esperón y Pedro de Urdimalas, compuesto especialmente para esta historia.

La película fue todo un fenómeno. En México tuvo el récord como cinta más taquillera hasta la década del noventa; en Antioquia creó una devoción por Pedro Infante; y a mi papá no sólo le espantó el hambre sino que le permitió ahorrar un capital para comprarse unas máquinas más sofisticadas.


La influencia del Mil Amores
Las penurias de este carpintero humilde y honrado continuaron en Ustedes los Ricos y Pepe el Toro. La segunda película de la trilogía es un hito de aquel cine de arrabal que contaba las historias de los barrios marginales de la ciudad de México.  En la escena más dramática Pepe entra a su casa que está en llamas para rescatar a su hijo "el Torito", pero lo encuentra incinerado en un rincón.  Lo cubre con una manta y desahoga su tristeza en un ataque histérico de carcajadas y lágrimas que aún hoy conmueve a las nuevas generaciones de mexicanos que ven las películas de Infante por televisión.

Según contaba Sigifredo, cada noche había que sacar por lo menos a tres personas de la sala por asfixia, desmayo o porque su llanto adolorido no dejaba concentrar a los demás en la película. Las ganancias que reportó esta trilogía no quedaron sólo en los bolsillos del proyeccionista: los alcaldes de los pueblos exigieron más participación por las utilidades, las casas de caridad recibieron una contribución más generosa para los huérfanos de la violencia y los curas consiguieron un diezmo más nutrido para las reparaciones de los templos.

Los sacerdotes de los pueblos por los que anduvo Sigifredo con su entable del cine eran implacables con las películas de las llamadas “rumberas” y con las escenas de amor que protagonizara María Félix. La tijera censuradora de la Iglesia dejaba tan recortadas las películas que, a decir de los proyeccionistas, “la cinta quedaba como una camándula”. Por el contrario, las historias de Pedro Infante eran por lo general recomendadas para el mantenimiento de las buenas costumbres . Sólo una saga compuesta por La oveja negra y No desearás la mujer de tu hijo mereció peroratas alarmistas desde el púlpito, con tan mala suerte para las ligas de la moral que la gente acudió de forma masiva a las funciones. El pulpitazo era la mejor publicidad: “cómo será de buena la película si el cura anda diciendo que es mala”.

La gente se identificaba con Pedro Infante por esa imagen de hombre sencillo que no sólo protagonizaba dramas campesinos y comedias rancheras sino también historias urbanas de amor y dolor. En sus 61 películas, filmadas en 14 años de vida artística, demostró cualidades para interpretar a un casto sacerdote y a un ranchero enamorado; a un campesino revolucionario y a un policía motorizado; a un cantante lírico y a un vagabundo trovador; a un desempleado y a un aristócrata; a un chofer, a un mecánico y hasta a un indígena oaxaqueño, por mencionar sólo algunos de sus papeles.

Muchos jóvenes aprendieron de Pedro una forma particular de desabrochar los sentimientos con la música. La serenata era el instrumento para despertar un amor, para congraciarse con la novia engañada, para expresarle el desprecio a la mujer traicionera y para pedirle perdón a la madre sufrida.  Por su parte, el concierto de despecho en la cantina servía para ahogar las penas en tequila, para vengar un desprecio en los brazos de otra güerita o para que un mariachi sentimental disuadiera al amante herido de hallar el olvido “al estilo Jalisco”.


Los muchachos de los pueblos aprendieron de este galán una forma de conquista que consistía en mostrar indiferencia para luego arrebatar besos sin mucho esfuerzo. El método parecía efectivo no sólo en la ficción sino también en la vida real. Pedro Infante se ganó la fama de “el mil amores” y “el gavilán pollero” por sus cuatro romances extramatrimoniales y otras relaciones furtivas que le dieron cinco hijas, tres hijos y una amenaza de excomunión.

La carrera de Pedro estuvo ligada a la visión del productor, guionista y director de cine Ismael Rodríguez quien, con la paciencia de los grandes maestros, supo arrancarle el carisma y la gracia a ese muchacho norteño que sin estudio, sin garbo y sin fortuna llegó a la capital mexicana a esquivar el anonimato.

Pedro Infante fue nominado cuatro veces al premio Ariel que entrega la Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, y ganó en la cuarta postulación por su papel en La vida no vale nada. En 1957 compitió con Henry Fonda por el Oso de Plata como mejor actor en el Festival de Cine de Berlín, y se llevó la estatuilla por su interpretación del indio Tizoc. Pero le faltó vida para recibir este galardón.


De ídolo a Leyenda
Pedro Infante murió en un accidente aéreo el 15 de abril de 1957, a la edad de 39 años. Desde entonces, y como un homenaje a su ídolo, mi papá le prometió que no volvería a montar en avión, pero que intentaría hacer al menos una peregrinación a su tumba; sin embargo, los compromisos de la vida y las limitaciones de la edad le empezaron a embolatar el sueño de pagar su deuda de gratitud. Entonces decidí prestarle mis ojos para que cumpliera su promesa y organicé una gira con cámara de video al hombro por aquellos lugares donde su querido Pedro nació, creció, triunfó y murió.

En Mazatlán, a unas cuadras de la playa, hay una casa que siempre está de puertas abiertas para el visitante. La placa conmemorativa indica que allí nació Pedro Infante el 18 de noviembre de 1917. En una sala humilde con paredes pintadas de verde hospital se exhiben unas fotografías ya desteñidas del hijo más ilustre de este hogar. La dueña de casa mantiene una colección de cuadernos que guardan las firmas de los más de 20 mil admiradores que han pasado por allí.

Siguiendo la carretera de Sinaloa que conduce a la frontera con los Estados Unidos se llega a Guamúchil, un pueblo caliente y desértico que conserva el orgullo de haber visto crecer a Pedro Infante. Allí Pedro se aficionó a la música; aprendió a tocar la batería, la guitarra y el violín bajo la orientación de don Delfino, su papá; creó con sus amigos la orquesta La Rabia, compuesta además por el carnicero, el peluquero y el maestro del pueblo; y empezó a educar una voz que le dejaría 325 canciones al patrimonio musical de México.

En el otro extremo del país, sobre la tierra fértil de la región yucateca, se encuentra la ciudad de Mérida donde se estrelló el avión que copiloteaba Pedro Infante. En la casa que se reconstruyó sobre el lugar del accidente vive María Remigia García. 

Esta anciana recibe a los visitantes con un poema de su propia autoría que narra con detalles el trágico episodio donde murió su Pedrito. Le ha leído este texto a más de tres mil peregrinos y nunca ha terminado la lectura sin una pausa para llorar.


El amor por Pedro Infante se siente en cada una de las personas que custodian con cariño los lugares donde este hombre dejó una huella. No cobran nada, no piden nada, sólo agradecen que la gente todavía honre su memoria. Esa admiración se manifiesta de forma multitudinaria cada 15 de abril en el Panteón Jardín de México D.F. donde reposan los restos del artista. En esa fecha se reúnen de manera espontánea mariachis, bandas, tríos y personas de todas las edades que cantan frente a su tumba las canciones que dejó como legado. Llegan unas dos mil personas -aunque a veces son más según el aniversario- y cada una lleva en la mano una flor y una fotografía del actor. Nunca he visto una devoción tan genuina y, sobre todo, tan persistente.

La grabación de esta ruta -ambientada con aventura, tequila y canción- me ayudó a cumplir la promesa que le hizo a Pedro Infante uno de sus seguidores más leales: Sigifredo Marín; ese proyeccionista obstinado que no contento con coleccionar las películas de su Pedrito, conservar su música y recordarlo a diario se fue a hacerle compañía en otro accidentado mes de abril.

Crónica Publicada en el suplemento generación del periódico El Colombiano 

En la tumba de Pedro Infante con mi amiga Clarita










MIS FAVORITAS DE PEDRO

Cuando lloran los valientes (1945)
Director: Ismael Rodríguez
Pedro encarna los ideales de la revolución mexicana en un personaje trágico que antepone la lucha por la libertad al amor. El elenco incluye a Blanca Estela Pavón, Víctor Manuel Mendoza y al niño Joaquín Roche “El Pinolillo”.


Nosotros los pobres (1947)
Director: Ismael Rodríguez
La película que consolida a Pedro Infante como ídolo popular de México. Es una de sus primeras historias con tema urbano. Comparte la pantalla con Blanca Estela Pavón, Evita Muñoz “Chachita” y el extraordinario villano Miguel Inclán.


Los Tres Huastecos (1948)
Director: Ismael Rodríguez
Pedro encarna a tres hermanos separados por su oficio: uno es cura, otro es capitán del ejército y el tercero es un ranchero pendenciero. Divertida participación de Maria Eugenia Llamas “La Tusita” y de Fernando Soto “Mantequilla”.


Ustedes los ricos (1948)
Director: Ismael Rodríguez
Hito del melodrama que continúa la historia de Nosotros los pobres. Pedro Infante hace de nuevo hace el papel de carpintero pobre junto a “La Chorriada” Blanca Estela Pavón. El bolero ranchero “amorcito corazón” alcanza por fin el éxito.


A toda máquina (1951)
Director: Isamel Rodríguez
El díptico conformado por A.T.M. y ¿Qué te ha dado esa mujer? convierte a Pedro Infante y a Luis Aguilar en miembros del Escuadrón Acrobático de la Policía Motorizada que ven amenazada su amistad por el amor de una mujer.


Dos tipos de cuidado (1952)
Director: Ismael Rodríguez
Sólo un genio como Rodríguez fue capaz de juntar en una misma película a los dos artistas más grandes de la época de oro del cine mexicano: Pedro Infante y Jorge Negrete. Esta comedia de equívocos es una verdadera joya de colección. Me encanta.


Hacia la India Contemplativa


Aquí va la crónica de viaje publicada en El Colombiano.

UN CONCIERTO DE CHAVELA VARGAS - Abril 2000



Que el maquillaje no apague tu risa,
Que el equipaje no lastre tus alas,
que el calendario no venga con prisas,
que el diccionario detenga las balas.
(…)
Que no te compren por menos de nada,
Que no te vendan amor sin espinas,
Que no te duerman con cuentos de hadas,
Que no te cierren el bar de la esquina… (JOAQUÍN SABINA)

Como si estuviera allí en el Zócalo, bajo ese pedazo de luna que se esconde tímido detrás de las nubes sin agua, canta Joaquín Sabina, poderoso y nomeimportista, un homenaje a Chavela Vargas. La canción número trece de su último disco suena y vuelve a sonar como preámbulo del concierto que miles de personas estamos esperando. La Chavela no canta aquí desde hace diez años y ya nos hace falta a los mexicanos y a mí escuchar esa voz que sale del escalofrío del alma y que nos hace pensar que el dolor es la condición del gozo. La primavera anuda el día con la noche de una manera lenta y paciente como preparando el escenario para la presencia de Ella. Con una puntualidad inusual en el país del que vengo y del país en el que estoy, aparece una locutora encargada de nombrar a los funcionarios que hacen posible este concierto público y gratuito (como si público y gratuito no fueran una hermandad). Son poco más de las 8:00 y Chavela Vargas camina hacia el micrófono custodiada por un grupo de músicos que de manera reverente se ubica detrás de ella.

La mayor parte del público es joven y por eso no es de esperar que sus canciones se canten a coro; sin embargo, la adolescente que está detrás de nosotros en las graderías grita ¡Chavela, “Mamita”! y le hace el dúo con respeto y desgarro. Yo la escucho, y escucho sus canciones mientras pienso en mis amores pasados y siento que cada canción está escrita para mí en algún momento de mi vida. Si habla de amor le creo, y si habla de olvido, recuerdo. Si canta de hombres ajenos, me acuerdo sin santiguarme y si habla de tristeza, corro hacia la memoria sin dejar que me duela mucho el pasado. Chavela Vargas canta “Piensa en mí” y me sorprenden unos goterones en los ojos. Me sorprenden porque hace ya casi un mes me operé la miopía y una de las consecuencias inmediatas es la imposibilidad de llorar.

La bandera mexicana ondea libre en el centro del Zócalo, como borracha por todo el licor que la Chavela se ha tomado en su vida, mientras Chavela se toma un vaso de algún líquido que, según nos asegura a los asistentes, está compuesto de miel y limón. Sea cual sea el líquido, su voz sigue fluyendo en nuestra sed de escuchar canciones que le pongan palabras a los corrientazos del pecho. Y así pasan los minutos, con los ojos puestos en el escenario, en la pantalla gigante y en la proyección íntima de nuestra historia a la que nos obligan las letras que canta.

Sus manos amplias emergen de la ruana negra y roja para describir sin palabras las mezquindades de los hombres y las mujeres en los asuntos del amor. Ellas vuelan con los sonidos de una voz que se hace más potente con los años y que parece destinada a cruzar los siglos en el afán de relatar las contradicciones del afecto. El concierto se acaba y nos resistimos a perderla tras las cortinas negras y gritamos “otra, otra”. Chavela no se hace rogar y aparece ahora acompañada por Mariachis y nos canta “Me cansé de rogarle…” para recordarnos con sencillez que va siempre un paso adelante de nuestras expectativas. Y el concierto se vuelve a acabar y gritamos “Chavela, Chavela”. Carlos Monsiváis se para frente al micrófono y nos cuenta cómo sería la descripción de Chavela Vargas en un diccionario moderno de la Real Academia del Amor. Chavela vuelve a salir para darnos su último regalo: un par de canciones y una advertencia: “Todo es posible… Les aseguro que todo en esta vida es posible. A ustedes los jóvenes los amo y les dejo como herencia mi Libertad”.